Milicianas “Adelante”

Natacha Reyes Díaz fue de las primeras integrantes del batallón de milicias femeninas Lidia Doce, creadas un 20 de noviembre de 1960. Tenía entonces 13 años de edad

Natacha Reyes Díaz fue de las primeras integrantes del batallón de milicias femeninas Lidia Doce. (Foto: Marjoris López Abad)
Natacha Reyes Díaz fue de las primeras integrantes del batallón de milicias femeninas Lidia Doce. (Foto: Marjoris López Abad)

Por: Marjoris López Abad

Acerca de la invasión mercenaria a Cuba en abril de 1961 y su experiencia en los interrogatorios a los invasores tras su derrota en Playa Girón, trata el siguiente testimonio

“Milicianos, adelante/ Milicianos, a marchar/ Solo tenemos, un ideal/ Salvar a Cuba y su libertad…

“Cuantas veces cantamos este himno. Por todas las calles de La Habana marchaban las milicias. Corrían los últimos meses de 1959. En Sarabia, el Cerro, La Habana los sindicatos de la industria del calzado, zapateros y tintoreros, acudieron al llamado de la Patria para crear las primeras compañías de las milicias obreras.

“Entre aquellos hombres fuertes, formados entre chavetas, bigornias y puntillas, como acordes disonantes, dos niños, una hembra de 13 y un varón de 11, marchábamos también. Mi papá era zapatero y con él nos incorporamos a la milicia.

“Lo hacíamos dos o tres veces a la semana. Llegábamos muy tarde a casa para al siguiente día levantarnos temprano e ir para la escuela. Después se sucedieron experiencias imborrables, discusiones sobre si Cuba sería o no comunista. Les resultaba simpático ver a una niña de apenas 13 años debatir este tema con hombres maduros.

“Pero  mi papá me había abierto los ojos desde temprana edad. Era un viejo militante del Partido Socialista Popular. Recuerdo que circulaba entonces un cómic en el que los malos eran los comunistas y papá siempre nos enseñó quiénes eran los verdaderos malos y asesinos en realidad.

“Las marchas dentro de las milicias fortalecían nuestras piernas y la convicción de defender la Patria. Recuerdo una caminata interminable desde El Cerro hasta las lomas de El Esperón. Nunca se me olvidará la poción yaku, un estimulante que llevaban los milicianos en la mochila para cuando las fuerzas flaqueaban.

“El 20 de noviembre de 1960, en la antigua Casa de beneficencia se creó el batallón de milicias Lidia Doce. Como requisito había que tener 18 años pero yo ya tenía uno de experiencia en las milicias obreras  y logré colarme. Ingresé con 14 en el batallón.

“Mi primera prueba fue una caminata desde la casa de beneficencia hasta la playa Bacuranao, ida y vuelta; cuando regresamos nos pusimos las más jovencitas a marchar sin descanso, frescas, alegres, entusiastas para demostrar cuán fuertes éramos…

“Muchos retos vinieron después y tras vencerlos alcancé el grado de sargento mayor de la compañía”.

Girón, “El ataque”

“Vivía intensamente las movilizaciones a las que éramos citadas como milicianas. Mucha pasión y amor sentía por el país que ayudábamos a construir y defender. En abril de 1961 se produce el artero ataque al aeropuerto de Ciudad Libertad y entonces…

“Vivíamos muy cerca de allí. Sentimos el bombardeo que parecía era sobre nuestras casas. Mi hermano y yo nos subimos a la azotea y vimos pasar los aviones… no sabíamos qué estaba ocurriendo. En cuanto supe que aviones enemigos con la enseña nacional habían bombardeado el aeropuerto de Ciudad Libertad, me dirigí al cuartel de las milicias Lidia Doce, en El Castillito como le decíamos a la edificación de la calle Goss, en Santos Suárez.

“Durmiendo a la intemperie, esperábamos órdenes. En muchas ocasiones el miedo me aceleraba el corazón, ¿por qué no decirlo? Eran solo 15 años madurados con carburo por la necesidad histórica.

Natacha en su juventud. (Foto: Marjoris López Abad)
Natacha en su juventud. (Foto: Marjoris López Abad)

“Una de esas noches me toca la guardia en la puerta de la jefatura. El entonces capitán Carlos Aldana estaba al frente del batallón. A él le cuento que me quedé dormida con el fusil M-5 en las piernas. Nosotras teníamos metralletas checas pero la guardia se hacía con fusil. Cuando desperté, el capitán me había quitado el fusil de las piernas. Pensé en lo peor…

“Me dijeron: ‘el capitán te espera en su oficina’. Cuando entré, se encontraban varios oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y yo pensé: ‘me van a hacer un consejo de guerra’. Aldana me preguntó si sabía mecanografía, contesté que sí. Yo era graduada de Secretariado Comercial y era una excelente mecanógrafa. Luego habló un oficial que supe después que era el teniente Cervantes de la sección de operaciones de las FAR, quien me dijo: ‘usted y otras dos compañeras van a cumplir una delicada misión. Deben presentarse en el sector centro de las milicias Nacionales Revolucionarias’.

“Así fue como Rosita ‘la gallega’, Genoveva Pires y yo, cumplimos nuestra primera misión: entrevistar a los mercenarios de la brigada 2506”.

Los mercenarios

“A lo largo de todos estos años, y siempre que leo algún material sobre Girón, acuden a mi memoria los días imborrables, después de la victoria.

“Durante varios días, en realidad no recuerdo cuántos, por las mañanas muy temprano, un jeep nos recogía en el sector Centro a ‘la gallega’, a Beba y a mí y nos trasladaban al hospital Naval, donde se encontraban los mercenarios capturados. En otras ocasiones nos llevaban al hospital Militar, donde permanecían los heridos.

“Guiándonos por una planilla elaborada por la jefatura de las Fuerzas Armadas Revolucionarias trabajábamos largas jornadas en la realización de las entrevistas. Muchas veces oímos los posteriormente conocidos argumentos: ‘Me trajeron engañado’, ‘Me dijeron que aquí nos estaban esperando con los brazos abiertos’, ‘Yo no disparé ni un tiro, yo vine como cocinero…’.

“Pero también se produjeron enfrentamientos, pues algunos, que sí reconocieron que vinieron a matar y que tenían una ideología bien definida, contraria a la Revolución, no podían entender que aquellas muchachitas recogieran sus testimonios y los enfrentaran con una firme mirada o una frase de contención.

“Muchas veces tuvimos que llamarles la atención para que contestaran exclusivamente lo que se les preguntaba y en ocasiones los oficiales de las FAR tuvieron que intervenir porque uno que otro mercenario nos faltó el respeto.

“Otro grupo de milicianas participó en la custodia en el propio hospital Naval. Son muchas las anécdotas de esos días. Yo tenía un enamorado, también miliciano, pero mucho mayor que yo. Se había graduado de bachiller en la academia Baldor, una escuela privada de renombre en los años precedentes al triunfo de la Revolución.

Natacha en su juventud. (Foto: Marjoris López Abad)
Natacha en su juventud. (Foto: Marjoris López Abad)

Llevaba puesta su sortija de graduado y mientras interrogaba a un mercenario, éste me pregunta si yo había estudiado en la Baldor, pues su mamá era profesora en aquel centro.

“Con un poco de pena, corté la conversación ya que teníamos instrucciones precisas. Nunca supe si aquel hombre sentía nostalgia de sus recuerdos o era una forma de desviar la atención… La realidad era que delante de mí tenía a un enemigo que había venido a matar.

“Otra anécdota fue aquella de una miliciana que mientras custodiaba sufrió un shock del cual nunca se recuperó.

Desmoronado física y moralmente, uno de los jefes de la brigada mercenaria fue identificado por ella. Casi se le paraliza el corazón. Era su novio. Él había abandonado el país recientemente hacia Estados Unidos y ella no había tenido más noticias de su paradero. Desde ese día sabía que lo había perdido y para siempre.

“Después de concluir esa misión, volví al sector Centro de las milicias femeninas a esperar nuevas instrucciones y en junio de 1961 ingreso en las FAR, en la sección de Operaciones del Estado Mayor de la Defensa Antiaérea y Fuerza Aérea de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (DAAFAR); nuevas misiones, experiencias, memorias de casi 40 años de servicios hasta mi jubilación en el 2003 como primer oficial con los grados de Teniente Coronel”.

Hermosa historia de fidelidad a la Patria reveló una vez más Natacha a las nuevas generaciones. Esta, conocida en un foro sobre la entrega de la mujer cubana a causas nobles a lo largo de la Revolución, es sólo una de miles; como la que ahora mismo protagoniza la testimoniante como presidenta de la filial de la Sociedad Cultural José Martí en el municipio La Lisa.

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