El difícil y hermoso oficio de merecer la primavera

Han pasado desde entonces muchos años y pasarán muchos más, pero siempre habrá una buena razón para evocar con nostalgia esa porción de niñez y juventud que se nos fue quedando de a poco

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Por: Rosa Pérez López

Han pasado muchos años desde que por primera vez en Cuba a la primavera le germinaron pañoletas, que entonces eran blanquiazules como las franjas de la bandera más amada, y las boinas pioneriles tan rojas como el triángulo que sostiene el fulgor de una estrella solitaria. Era el 4 de abril de 1961, justamente quince días antes de que en las arenas de una playa se rubricara una histórica victoria, para seguirle asegurando a nuestra infancia la sonrisa.

Y fue exactamente 12 meses después cuando los jóvenes cubanos hicieron causa común enrumbando sus anhelos y ajustando su andar al paso de los tiempos, para que a otro 4 de abril le nacieran mochilas avitualladas de esfuerzos y esperanzas, recogidas de café y ascensos al Turquino. Esos mismos jóvenes que medio año después, en un octubre insomne tras las piezas de artillería y frente al muro de sus últimos juegos y sus primeros romances, aguardaban serenamente al agresor que presagiaba un holocausto nuclear para las ilusiones de nuestra juventud.

Han pasado desde entonces muchos años y pasarán muchos más, pero siempre habrá una buena razón para evocar con nostalgia esa porción de niñez y juventud que se nos fue quedando de a poco en acampadas y fogatas, trabajos voluntarios y misiones internacionalistas, madrugadas de vigilia y noches de conciertos multitudinarios sin otras candilejas que el titilar de las estrellas.

Y quién sabe cuántos cubanos y cubanas hoy rescaten de alguna gaveta el triángulo de tela que llevaron atado al cuello alguna vez. O ese pequeño documento donde los rostros de Mella, Camilo y el Che se les volvieron presencia, ímpetu y fervor. Y tal vez se los muestren a sus hijos y a sus nietos como quien enseña una reliquia, y recuperen para ellos un manojo de anécdotas que al cabo del tiempo han cobrado dimensiones de leyendas.

Porque aunque haya pasado el tiempo y muchas cosas no sean iguales a las de aquellos abriles de los años 60, serán otros niños y otros jóvenes en quienes quedará también atesorada esa edad maravillosa que todos fuimos entregando en el momento y lugar en que hizo falta, para ir aprendiendo con la vida, a pesar de sus contradicciones y asperezas, -o quizás gracias a ellas- el difícil y hermoso oficio de merecer la primavera.

 

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