María Teresa Vera, de la trova el todo

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María Teresa Vera.

Sobre el último mes del año se balancean a modo de despedida aquellas canciones suyas

 

Por Ana Margarita Sánchez Soler  asanchez@enet.cu

Diciembre lleva en su propio tempo y ánimo los tonos trovadorescos de María Teresa Vera. Sobre el último mes del año se balancean a modo de despedida aquellas canciones suyas. Fueron el antecedente perfecto del filing o mejor aún, alma misma de ese movimiento musical que conjuga guitarra y voz añeja.

María Teresa partió del mundo un 17 de diciembre, corría el año 1965 y ya su historia de vida llevaba el peso de muchas hondas canciones.

La vieja trova tuvo entre sus más prominentes cultivadores a esta mujer, cuya voz es difícilmente comparable. Los matices que se develan de su garganta saltan de grabaciones que se conservan y someten de inmediato.

Ella puede conquistar cualquier oído porque su canción suena a antaño con una autenticidad pocas veces captada. La sincronía perfecta entre su instrumento vocal y las cuerdas rasgadas superan cualquier virtuosismo. Aquí se trata de sentimiento, intimidad, incluso dolor.

¿Quién sabría con certeza de dónde provienen aquellos colores recónditos de su trova? Latía acaso en su cuerpo el pulso de abuelos esclavos. Aunque fue hija de un español, llevaba en sí misma la huella del hombre negro, ese de caña y trapiche. Teresa era el fruto de las mixturas, las uniones que le aportaron un sentido exquisito de la musicalidad.

También cuenta, en su caso, la vida bohemia como alimento para letras y melodías. Su encuentro con Manuel Corona marcó una elección que definiría su vida: aprender a dominar la madera y los acordes.

Fue Corona quien la invitó a descubrirse con una guitarra entre los brazos. Ella no vaciló y en los días por venir era fácil verle cantando el emblemático Veinte Años de Guillermina Aramburu.

Con Rafael Zequeira fundó en 1916 el dúo de empaste excepcional que los llevó a Estados Unidos en varias ocasiones. La propia María Teresa definió esa unión como “un éxito popular” mientras se disculpaba por su falta de modestia. Esta mujer cubanísima por carácter y talento desbordaba sencillez mientras asumía los delirios del canto.

Con mucha pasión asumió las composiciones de la Aramburo, posteriormente abordadas una y otra vez por disímiles intérpretes. Sin embargo, nadie lo ha hecho como esta cantadora de la trova. Nadie más encontró la fibra de María Teresa Vera, ese gusto a roble viejo y trago de taberna.

 

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