Fidel, en los hombros del pueblo

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Aunque no hubo clases ese día los pioneros uniformados llevaron flores a la plaza. Foto: Ricardo R. Gómez

Niños y ancianos, mujeres y hombres de todas las razas, levantaron en La Habana la estatura de gigante de un padre, que seguirá acompañando los destinos de su gente

 

Por Ricardo R. Gómez Rodríguez rrgomez@enet.cu

Hay muchas formas de sentir dolor. Pero cuando es compartido por todos, descubres que no estás solo.

Fui testigo de cómo una anciana quiso lanzar un grito de combate y se le rajó la voz por el llanto. La mulata diminuta y robusta llevaba una pequeña bandera cubana como corona en su pelo. De pedestal en la cabeza le servía un pañuelo rojo y negro. Alguien le gritó: -¡Madrina!, y fue cuando el obturador de la cámara y guardó para siempre ese rostro en la céntrica calle 23.

Vi cuando en la Plaza a los pies de Martí, varios hombres de edad avanzada casi tuvieron que arrastrar a un compañero. Solo supe que le decían Rojas, al Teniente Coronel y que pertenecía a la Columna del Che. Faena dura, la de desprender de al lado de la inmensa foto y ofrendas, a alguien que se estremece y clama por quien dice fue su padre.

Allí mismo, en el monumento al Apóstol se desplomó, no supo más de sí, Virgen María, quien salió desde su casa en Chambas, en Ciego de Ávila, un día antes, cuando Raúl dio la dura noticia. Solo atinó a recoger una muda de ropa y partió hacia La Habana.

Durmió toda la madrugada a los pies de una escalinata de lo que ella decía ser un hospital y yo supe que era el Ministerio de Comunicaciones. Fue la primera en entrar al mausoleo. Encabezó la fila a las tres de la mañana.

Vino a besar la frente que nunca besó, el cuerpo que nunca abrazó, aunque desde que tiene memoria Virgen siempre le mandó una carta con su letra de cocinera cada 13 de agosto y él agradecía la felicitación por medio de los ayudantes y enviaba de vuelta fotos suyas y postales con banderas.

Supe desde niño, que los santos son creados por la propia gente, aupados en la memoria del pueblo.

Así me hizo saber la abuela Justina, una negra de manos ásperas por el machete de la caña y el azadón, quien junto a sus dioses siempre en la cúspide del altar puso dos fotos, la de Camilo y Che.

A ellos les servía la misma dosis de dulces y rones, que a la familia en la mesa, y terminaba el ritual brindando también con “El Caballo”, que la miraba sonriente desde la pared principal de la sala.

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Foto: Ricardo R. Gómez.

Por estos días vi llorar a un pueblo, y a los niños Damián y Camilo, portar junto a sus padres una bandera más grande que ellos mismos, mientras marchaban a la Plaza.

Pero lo más asombroso fue sentir cómo una urna fue llevada por carros de guerra, en los que él siempre fue en busca de ciclones.

El cedro emergió en las calles de La Habana y fue erguido por multitudes, llevado para siempre por los hombros del pueblo, Fidel.

 

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