Fidel en mi ADN

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Por Maggie Marín Ayarde 

Una gran tristeza me acongoja y por supuesto que no soy la excepción.  De la incertidumbre pasé a la aceptación que fue como un mazazo.  Nací, crecí y respiro aún bajo su aureola.

Hurgué en la memoria y apareció el momento inicial en que me coloqué delante de él por azar, bendita contingencia.

Era una pequeña niña que junto a dos amigas del grupo especial de gimnasia ensayábamos por esos días en la Ciudad Deportiva porque participaríamos en la inauguración del IV Campeonato Mundial de Gimnasia que tendría a La Habana como sede.

Aquel venerable día, nuestros movimientos por la bella y gran instalación que está frente a la Fuente Luminosa estaban más restringidos.  El revoleteo nuestro se concentraba esa tarde en sólo unas áreas.  Nuestra inquietud nos llevó a tomar agua a los bebederos situados por el parqueo interno luego de pedir varios permisos y ser concedidos.  Y de pronto por las áreas exteriores aparecieron varios jeeps, de uno de ellos descendió resuelto Fidel y nosotras que tomábamos agua quedamos atónitas.

Dónde está Sonia?, se escuchaba una y otra vez. Llamaban a la principal gimnasta cubana que competiría en el fuerte evento y salió entonces la linda muchacha –nuestro referente- que era el motivo de la visita de Fidel.  Sin protocolo alguno comenzó la conversación entre ambos que sólo fue interrumpida por tres niñas que fueron al  encuentro de aquel gigante con traje verde.

Todo sucedió muy rápido y cada una de nosotras fue cargada por el Comandante quien depositó un beso en cada mejilla. Y salimos en estampida sin tener conciencia cierta de lo afortunadas  que nos habíamos convertido.  El revoloteó fue mucho mayor.

Ya nuestros padres nos buscaban, comenzaría el ensayo pero nuestra alegría los dejó estupefactos –digo ahora- cuando gritamos ahí está Fidel y nos besó.  Que algarabía entre todas las niñas y la profesora Cristi no lo admitía.  Divina la impertinencia de esa tarde de un día de semana que no recuerdo por la década del sesenta del siglo pasado.

Y qué importancia puede tener para una infante el día de la semana si tuvo la suerte de ser cargada y besada por un ser mítico.  El hecho quedó apresado en mi ADN, no cabe duda.

Luego durante los años de profesión y el asistir a eventos culturales que el Comandante en Jefe presidía volví a tener la dicha, el orgullo, la satisfacción de estar a su lado, que depositara su mano sobre mi hombro, de mirarlo y escucharlo atentamente durante horas una vez que salía del plenario y todos los periodistas necesitábamos hacerle al menos no una pregunta sino mencionarle un detalle para que se desbordara el torrente de sabiduría y quedara apresado en las grabadoras la meditación de Fidel.

Y como editar aquel momento?  Cuán difícil dejar en sólo minutos las horas de desvelo, anhelo y preocupaciones del Jefe de Estado.  Siempre fue un reto así es el trabajo reporteril.

Desde el fatídico 25 de noviembre no hago otra cosa que pensar en mis escasos, e insignificantes para otros, minutos al lado del Comandante que para mí son toda una vida.

Vuelvo una y otra vez a escudriñar en mi ADN lo magnánimo de este hombre que incluso se propuso celebrar solo 90 años y pasar a la inmortalidad por la puerta inmensa de la historia y que todos advirtieran que es el hombre más relevante del siglo XX.

Ahora te despides sin previo aviso y sacudes a todo un pueblo con este mazazo penetrante. Pueblo que una vez más convocas desde el alma y te responde Hasta siempre, Comandante!

 

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