Un ejercicio humano: la poesía

Nelson Simón
La soledad, la belleza, el amor, la muerte, la casa y la isla son las obsesiones del poeta.

Nelson Simón es un poeta. Un libro suyo, el último, el premiado: El humano ejercicio de las conversaciones me hace sentarme en un parque cercano a la librería de la UNEAC y leerlo íntegro

 

Por Rubén Ricardo Infante

Tengo la certeza de que Nelson Simón es un poeta. No porque haya leído varios libros desde el inicial, para mí: A la sombra de los muchachos en flor. Revelación del gusto por la belleza, por cuerpos torneados que nos recuerdan al mejor Kavafis. Sino porque me descubre la utilidad de la poesía. Cuánto salva, cuánto engrandece cuando está escrita por una mano firme. Por un poeta de aliento que nos remite a su experiencia. Que nos evoca la cercanía a un estado de alucinación, de descubrimiento, que nos hace partícipes de que cada poema es un trozo de vida, de dolor, de resignación… y a los humildes lectores no nos queda más remedio que compadecernos del poeta y de nosotros mismos.

Un libro suyo, el último, el premiado: El humano ejercicio de las conversaciones (Ediciones Unión, 2016) me hace sentarme en un parque cercano a la librería de la UNEAC y leerlo íntegro, y recorrer rápido ese sendero que nos conduce hacia la libertad. Es como devorar la presa, después de que el cazador ha empleado cualquier técnica (im)posible para hacerla suya, para poseerla.

El uso de los fragmentos de Pessoa, quien gustaba esconderse en la sombra de los heterónimos, es el juego para que sepamos que a Simón le gusta habitar otros nombres, otros cuerpos, otras vidas, otras muertes. Y que este libro no es más que el diario de lo vivido. El pretexto para hacernos cómplices de cada testimonio.

Desde el pórtico, nos alerta que: Los días no se cuentan entonces por minutos o lunas transcurridas sino por los sucesos que dejaron su marca en ese recorrido interior donde compruebas que siempre has estado solo y que así ha de ser para poder salvarte. Terrible confesión que nos recuerda la soledad que padecemos desde el inicio y hasta el final de nuestros días. Sea en el primer grito para demostrar vida después de la nalgada o el último quejido, el signo de que territorios más amplios se apoderan del cuerpo y lo llevan hasta el reposo total. Que la familia, los amigos, los amantes… hacen más pasajero el viaje. Pero montamos en el último vagón del tren con la certeza de que en la estación no nos espera nadie. Este es un viaje hacia la soledad.

El amor, no visto como la pasión romántica y estúpidamente adolescente, sino como esa opresión sobre los huesos, como la lágrima seca después de la despedida…se siente sobre la piel del poeta. Para escribir algo así hace falta más que el oficio, el sentimiento, la fuerza de algo dentro que nos conduzca hacia zonas donde somos totalmente vulnerables. Es como los toros cuando van al matadero, una pulsión oculta los protege, pero también los intriga. ¿Qué existe detrás de los territorios conocidos?

Pero cuánta vida desborda cada texto, cuando se llena de libros y flores, cada uno en su lugar para alegrar la casa. La casa vuelve a ser un sitio familiar/y no ese túnel por donde avanzaba sintiendo el peso de mi/cuerpo, /de los objetos queridos, de sus voces angustiosas, /de los insoportables discursos afectivos/que intentan blanquear la memoria/con instantes que sé irrepetibles. Al cabo del tiempo, descubrimos que el impaciente tiempo, ya pasó. Que no quedan más que unos pocos recuerdos que la memoria desdibuja y uno se empeña en conservar en un lugar seguro. Todo intento es inútil.

Porque la casa del poeta es grande: …nos acostumbramos a sobrevivir en su interior, /en el espacio que abrazaban, en el círculo de cal/ que nombrábamos Isla. Y en ella se refugia, para despedir a los amigos y para recibirlos después de la soledad del exilio. De vuelta a casa. Aunque: La casa nunca fue nuestra casa. El amor no era el amor/ y el país no era el país sino el circulo/ —trazado a mano alzada—/ donde creímos levantar una casa, un amor, un país. Porque como decía Borges, el tiempo todo lo corroe. Pero en este viaje, el ser humano tiene que aprender una lección: Entre la muerte y el placer no hay límites.

La soledad, la belleza, el amor, la muerte, la casa y la isla son las obsesiones del poeta. Los temas de los cuales intenta escapar, pero estos lo persiguen. Le recuerdan que no tiene escapatoria. Que su tránsito en la vida será con ellos. Qué poeta cubano se resiste a mostrar sus soledades; su pasión por la belleza humana; su dolorosa experiencia en el amor, o en la muerte ¿no es lo mismo? mientras sobrevive en una casa que le parece suya, tan suya como la isla que lo verá morir.

Pocos escritores se resisten a dejar huella en sus textos de lecturas anteriores. O sucede que otros se empeñan en descubrir esas huellas. Cuando refiere a la isla, y ¿qué poeta cubano no le ha escrito un poema? nos conduce a Piñera, a Dulce María Loynaz, a Gastón Baquero…a Eliseo Diego en su intento por nombrar las cosas. A Delfín Prats que nos alerta no volver a los lugares donde fuiste feliz. A Lina de Feria que todavía habita una Casa que no existía. A Mercedes Sosa cuando canta Con tantos palos que te dio la vida. Al Baudelaire de Las flores del mal. Al cuadro de Edward Munch. A Pasolini en el borde del abismo. A la voz de Marta Estrada o la Burke, Guillot, Benny, La Lupe, Celia y Bola…

En la noche, releo algunos pasajes. Me detengo en poemas que marcan también la vida del lector, que le recuerdan sus viajes, sus amigos, que lo encauzan hacia la misma soledad que padece el autor. Pero también me recuerda la felicidad. Saber que los amigos escriben libros así, aunque duelan. Donde cada página tiene el peso de la existencia, la carga de sobrevivir en la isla y la soledad que padece(mos). Con esta certeza, el poeta Nelson Simón nos ha regalado un pedazo de sí, una parte que creía suya y con dolor nos entrega para hacernos más llevadero el viaje de regreso.

 

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