Un libro que ocupa y regocija

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Solo cuatro números fueron suficientes para que José Martí se colara para siempre en el alma de los niños. (Abel Rojas Barallobre / Radio Rebelde)

La Edad de Oro es un libro inmenso por su capacidad de trascender el universo infantil y deleitar a los mayores…

 

Escrito por Leticia Martínez Hernández

 

Es quizás el libro más viejo de mi librero. Fue impreso en el año 1959 y en su segunda hoja dice: “El Gobierno Revolucionario ofrece con orgullo a los escolares las hermosas páginas que Martí escribió para los niños de América”. Luce las manchas de una vieja tinta violeta derramada en varias de sus páginas y, como para ocultar su esplendor y de paso mantenerlo a salvo de los depredadores de páginas impresas, está forrado con papel amarillo, sin título, sin nombre; ni santos, ni señas.

Así sobrevive al tiempo, también a las muchas lecturas, uno de los primeros libros editados por la Revolución: La Edad de Oro. Le acompañan en el anaquel otras versiones – han sido incontables sus tiradas hasta hoy–, aunque ninguna guarda el olor de aquella, ese con el que me quedé dormida tantísimas noches de mi vida.

Allí está guardada la empresa a la que Martí entró, a sus 36 años, “con mucha fe, y como cosa seria y útil, a la que la humildad de la forma no quita cierta importancia de pensamiento”. Esas fueron sus palabras en carta escrita al entrañable Manuel Mercado, a quien encarga 500 ejemplares del primer número de la revista para su distribución en las principales ciudades de México: “empresa en que he consentido entrar, porque, mientras me llega la hora de morir en otra mayor, como deseo ardientemente, en esta puedo al menos, a la vez que ayudar al sustento con decoro, poner de manera que sea durable y útil todo lo que a pura sangre me ha ido madurando en el alma”.

Qué inmenso privilegio el de los niños de América, a quienes estuvieron dedicados los cuatro y únicos números de la revista, que en 1905 se convierte en libro. Decía Martí en una circular que sirvió de heraldo a la publicación que deseaba poner en manos de los niños de América un libro que ocupe y regocije, que les enseñe sin fatiga, que les cuente en resumen pintoresco lo pasado y lo contemporáneo, que les estimule a emplear por igual sus facultades mentales y físicas…

Aunque, el libro es inmenso, también, por esa capacidad de trascender el universo infantil y deleitar a los mayores. En él vive el Martí más diáfano, ese que según el escritor Manuel Gutiérrez Nájera “ha dejado de ser río y se ha hecho lago, terso, transparente, límpido…se ha hecho niño que sabe lo que saben los sabios, pero que habla como los niños”. De su mano, pasean de letra en letra Meñique, Bebé, un señor Don Pomposo, dos príncipes, una mora sin perla, Nené Traviesa, un camarón encantado, Pilar, una muñeca negra. Y enseña sobre los oficios, las ruinas indias, músicos, poetas, pintores; de la Exposición de París, del Padre de las Casas, de la tierra de los anamitas, de elefantes, de héroes latinoamericanos…

Es que el padrazo de la Edad de Oro, como él mismo se nombrara en una de sus páginas, había prometido “a los niños que lean la Edad de Oro” que “todo lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, con palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora”.

Y allí está él, alejado de monumentos, de tarjas frías, de poses impuestas de héroe sin manchas, de destino trágico y definitivo, pidiéndole a los niños que le manden muchas cartas, “no importa que la carta venga con faltas de ortografía”; prometiéndoles premios y publicaciones a quienes envíen el mejor trabajo; disculpándose por escribirles más de lo que cabía en las 32 páginas de la revista; anunciándoles lo que saldría en el próximo número; convidándoles a coleccionar sellos. Basta una hojeada entonces para encontrar en esas páginas a Martí más vivo que nunca.

Solo cuatro números fueron suficientes para que su empresa se colara para siempre en el alma de los niños, al menos los de esta Isla. ¿Qué habría pasado si el editor de la revista, A Da Costa Gómez, no le hubiera pedido que hablase en ella “del temor de Dios, y que el nombre de Dios, y no de la tolerancia y el espíritu divino, estuviera en todos los artículos e historias? De nuevo le confiesa a su amigo, Manuel Mercado: “Es la primera vez, a pesar de lo penoso de mi vida, que abandono lo que de veras emprendo”.

Así se le ponía punto final a una obra de inmenso amor, un libro que se sigue agotando en cada Feria, incluso 127 años después de su julio inaugural. Y aunque a cada rato me seduzca un nuevo texto, quizás de páginas blancas e ilustraciones a todo color, aquel del 59 sigue siendo rey en mi librero, que espero siga acompañando las noches de mis hijas y que puedan ellas también decir que el hombre de la Edad de Oro fue su amigo.

 

 

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