Más de medio siglo de dolor en el corazón del pueblo

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La acción vandálica ocurrida en 1960 profundizó la convicción de los cubanos de radicalizar el proceso revolucionario iniciado en 1959

Han transcurrido 56 años desde aquel cuatro de marzo, y puede que hoy sean otros los métodos con que se pretenda quebrantar la firmeza y contaminar la pureza de un proyecto social

 

Por: Rosa Pérez López

Esa tarde del 4 de marzo de 1960, el estrépito terrible tronchó las risas de los niños que salían de las escuelas, el beso de los enamorados en la Alameda de Paula, la vida de los estibadores que en el puerto de La Habana descargaban del vapor francés “La Coubre” las armas con que nuestra naciente revolución defendería su derecho a la existencia.

Se inauguraba con ese artero crimen el expediente de terror que desde entonces mutilaría tantos cuerpos, cobraría tantas vidas y enlutaría a tantas familias cubanas. Era el primer intento brutal de revertir el rumbo independentista trazado desde Yara un diez de octubre, y cristalizado al fin con el triunfo de un primero de enero. Era la saña de un enemigo empecinado en amedrentar a todo un pueblo, por no conocer aún su heroísmo colosal.

La misma heroicidad de los muchos cubanos que entre las llamas y los hierros retorcidos acudieron de inmediato a socorrer a las víctimas del monstruoso sabotaje, para a los pocos minutos también convertirse en mártires al sobrevenir la segunda explosión.

Larga y dolorosa es la relación de los actos terroristas que a través de varios decenios ha padecido nuestro pueblo, sin hacer ninguna concesión, sin renunciar a sus principios y sin detener la marcha por el camino que soberanamente eligiera transitar.

Han transcurrido 56 años desde aquel cuatro de marzo, y puede que hoy sean otros los métodos con que se pretenda quebrantar la firmeza y contaminar la pureza de un proyecto social que hemos preservado al precio de tanto sudor y tanta sangre durante más de medio siglo.

Pero ya ningún vecino poderoso nos desdeña, porque ha llegado a conocer el coraje y la determinación de este pequeño gran país, que sigue apostando cada día su sangre y su sudor para que nada ni nadie tronche la risa de los niños, el beso de los enamorados y el derecho a defender por siempre la existencia de la Revolución.

 

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