Rostros paternos en el cine: Enrique Almirante y Carlos Enrique

Vale la pena reconocer en esta lógica seductora de rostros del cine cubano a dos figuras que con su impronta nos recuerdan secuencias de clásicos del cine.

Ellos son Enrique Almirante (padre) y Carlos Enrique Almirante (hijo). Ambos con su estilo han contribuido a la temeridad de las contradicciones humanas en las historias que han sido protagónicos o secundarios.

En el caso de Enrique, comenzó su carrera muy temprano en la Cadena Oriental de Radio; y luego, en la década de los 50, empezó a hacer pequeños papeles; y posteriormente protagónicos en la Televisión, del que se recuerda con agrado las aventuras y los policiacos como En silencio ha tenido que ser y la popular novela de Tierra Brava.

En el cine incursionó en uno de los cuentos de Historia de Revolución, de Tomás Gutiérrez Alea (Titón); además de Cecilia, con Humberto Solas; y en la coproducción peruana-cubana Tupac Amaru, donde experimentó su fuerza actoral dejándonos su dominio absoluto en la escena.

No olvidemos que durante muchos años este hombre sencillo y buen amigo de sus más allegados, conquistó la pantalla por su adjetivo de «galán»; además de sus amplios recursos expresivos y colofón de escenas donde nos atrapó por el dramatismo convincente de sus situaciones.

Al contrario de lo que otros pudieran pensar, su hijo, Carlos Enrique Almirante, nos enseñó a posteriori que podía calificar como un ser talentoso y lleno de destellos si saben los cineastas dirigirlo y sacar de su interior las reservas del espíritu.

Digo esto porque su presentación en Madrigal, de Fernando Pérez, y luego Fátima o el parque de la Fraternidad, figuran como lo más representativo de su pericia por el cine. Aunque, claro está, no son lo único hecho por el actor que también desde muy joven mostró sus posibilidades.

Creo que al igual que los filósofos que no fue lo mismo un Homero y un Eurípides, en el caso de este dúo padre e hijo, hay muchas evidencias encontradas de sus creaciones polifacéticas de personajes buenos y malos donde precisamente se comprueba la tesis de Stanilasky de que no existen grandes ni pequeños personajes, si no grandes y pequeños actores. Y este es el caso de quienes con luz propia hacen posible el éxito de sus actuaciones.

amss

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