Crónicas desde Turín. La calidez del verano y de los médicos que están

Jóvenes italianos, formados en silencio, inmóviles por unos minutos, frente al mural, sostienen carteles que demandan sus deseos de premiar a los cubanos. Foto: del autor

No debe resultar fácil seguir una conversación de sobremesa en el hogar del doctor Jaime Zayas Monteaugut, especialista en Medicina Interna, con un diplomado en Cuidados Intensivos.

Su suegro y su esposa también son médicos y uno de sus hijos cursa el 5to. año de la carrera de Medicina. No es casual que la niña, con 13 años, diga que quiere ser neuróloga y explique por qué: en una serie japonesa vio un “interesantísimo” caso de un paciente con “esclerosis lateral amiotrófica”; y ella, claro, descubrirá sus causas.

En la casa hay un anaquel que solo alberga libros de Medicina. Pero “no queremos forzar a la menor, la mamá y yo hemos hablado del tema”, dice. Jaime cumplió hace algunos días 48 años. Natural de La Maya y residente en Santiago de Cuba, trabaja en el hospital Juan Bruno Zayas. Conoció a su esposa durante la carrera, y se hicieron novios en 5to. año, a la edad que ahora tiene el futuro nuevo médico de la casa.

Ella es especialista en Medicina General Integral (MGI), con varios diplomados, profesora y metodóloga de la Facultad de Medicina de la Universidad. Toda su vida la ha dedicado a la docencia, y a los dos hijos que tienen en común.

Jaime estuvo por dos periodos casi seguidos en Venezuela, de 2009 a 2013, en el estado de Miranda; y luego durante 15 meses en el hospital de Mariara, de 2014 a 2015. Ella tuvo que lidiar sola con el muchacho en plena adolescencia.

La figura femenina también significó mucho en su propia vida: “Mi padre era chofer de rastras, y mi mamá ama de casa. En pleno periodo especial, en los 90, me hice médico, gracias a mi mamá, porque ya mi papá había fallecido; y ella lo fue todo: mamá, papá, fuente de ingresos, inspiración… Le debo mucho a mi mamá. Yo soy su reflejo, y de eso me siento muy orgulloso”.

Pero este hombre reflexivo, pausado, noble, tiene un hijo mayor, de 31 años y una nieta, de su primer matrimonio; “yo tenía entonces 17 años, imagínate”. También de ellos está orgulloso. Ese hijo es informático y vive en su pueblo natal, La Maya, muy cerca de la casa de su mamá (de su abuela).

Sobre su experiencia en Turín me comenta: “La tecnología es muy buena, facilita las cosas, pero te aleja un poco del paciente. Una computadora desde una oficina, aun cuando tenga toda la información, no sustituye lo que puedas percibir junto al paciente, tocándolo, examinándolo, comprobando en él lo que la máquina está diciendo. Estamos adaptados a atender a enfermos y no enfermedades”.

Asisto en el Parque Dora (la antigua Fundición de Acero) a la inauguración de un mural dedicado a la solidaridad médica cubana, cuyos primeros brochazos vimos dar, de forma casual, en una visita anterior.

Son muchachos muy jóvenes, algunos incluso de la enseñanza media. Todos llevan pulóveres negros. Están formados en silencio, inmóviles por unos minutos frente al mural, y sostienen las banderolas de las tres organizaciones a las que pertenecen, la bandera cubana y carteles que se alternan con dos mensajes: Rompere il bloqueo y Nobel per la Pace alla Brigata Henry Reeve.

El mural es hermoso: además de la bandera cubana y la del 26 de Julio, hay rostros de médicos con sus nasobucos. En el centro: Fidel. Arriba, de un lado al otro la frase Médicos y no bombas. Abajo, más pequeño: Patria é Umanitá y Grazie Cuba.

Las opiniones de los médicos italianos

En el hospital trabajan al menos diez médicos muy jóvenes. Firmaron un contrato por dos meses, que vence esta semana, y no hay indicios de que será renovado. “De hecho no tenemos distribuidos los turnos de la semana que viene”, me dice Humberto, de 25 años, que habla español, porque la práctica docente la realizó en España.

“Si no renuevan el contrato, la mayoría de nosotros intentará pasar el examen que nos permita iniciar los estudios de una especialidad y tendremos que quedarnos en casa para estudiar” –la que habla ahora es Paula, de la misma edad, que viene de Lecce, en el sur de Italia.

“Ese examen –continúa–, que usualmente es en julio (no sabemos qué pasará este año) lo aprueba uno de cada dos estudiantes, hay muy pocas plazas. Y si no tienes una especialidad, usualmente aquí encuentras solo trabajos provisionales, sustituyendo a alguien en la estructura privada o en laboratorios de sangre; y no es lo que queremos».

Quiero saber cómo transcurre la relación con los médicos cubanos. «Agradezco lo que hacen –dice rápidamente Paula–, porque lo necesitamos de verdad. Tener a especialistas como ellos, con experiencia, nos da mucha confianza”.

“Al inicio la dificultad mayor era con el idioma –considera Humberto–, pero después me percaté, de que sin hablar (ahora hablan más), solo con las manos, hablando con el cuerpo, transmiten humanidad al paciente. No sabes cuánto lo agradecen ellos en los mensajes que dejan al salir”.

Federico, de 33 años, y dos y medio de experiencia, jugador de béisbol, apunta: “El trabajo aquí es muy estresante…, pero trabajar con gente de tanta experiencia y humildad nos inspira coraje”.

“Ustedes trabajan con alegría, y eso es importante”, añade Paula, la que viene del sur, y ríe: “Quiero destacar la labor de los epidemiólogos, porque tienen una paciencia tremenda, sobre todo conmigo”.

“Cada uno respeta su trabajo –explica Humberto–. Desde el dermatólogo hasta el epidemiólogo, cada uno sabe lo que tiene que hacer y los demás lo respetan por eso. El Árbol afuera, con sus cintas blancas es la demostración de que funciona, ¿no?”.

Pero Paula lo resume todo así: “Yo he aprendido más en esta experiencia que en cualquier otra anterior durante mis años de carrera”.

¿Ha llegado el verano?

La pregunta brota inaudible, para que no la escuche el Dios de la estación y se arrepienta. En Crema, fuimos cocinados a fuego lento en la Plaza del Duomo, durante el acto de despedida de la brigada médica de Lombardía (la nuestra es la de Piamonte), que transcurrió entre las 11 de la mañana y la una de la tarde. El sol, perpendicular, nos hizo sentir en Cuba. Pero el clima de Turín, a 400 metros sobre el nivel del mar, es menos cálido. Aun así, dicen que el mes de agosto es sofocante.

La ciudad, rodeada por los Alpes, arde. Por la buena salud del pueblo italiano, esperamos estar en casa, junto a nuestras familias. Lo cierto es que ya no es imprescindible el abrigo. Los amaneceres y las noches son ligeramente fríos, pero el día se abre, y por la tarde, sobran las mangas largas.

La gente estrena su ropa de verano con la misma ansiedad que nosotros la ropa de invierno. Un solo rayo de sol basta para que se exhiban en los balcones, y se embadurnen de cremas protectoras. Han aparecido también las sábanas blancas y la ropa de colores, colgadas en los balcones. Supongo que existen las secadoras automáticas; pero aunque Turín no es Nápoles, nada iguala el milenario efecto solar sobre la ropa y el espíritu. Este domingo, sin embargo, la televisión italiana trasmitió imágenes preocupantes: cientos de personas, sin nasobuco, aglomeradas en los parques. Es instintivo, un acto de liberación, que enlaza la llegada del verano con la abolición del encierro hogareño.

El hospital covid-ogr ha sido un éxito rotundo, su estilo multidisciplinario no es común en Italia. Todas las tardes, alrededor de las dos, se producen verdaderas sesiones científicas.

Los principales especialistas de Italia y de Cuba se reúnen para analizar los casos más complejos. Los cubanos se han ganado el respeto en esos debates y sus opiniones marcan pautas. El doctor Julio Guerra –que el 26 de mayo, sea dicho ya, cumplió 43 años– se entusiasma al hablar de los casos discutidos, “muy bonitos”, dice a veces, y se olvida de que no soy médico. Lo cierto es que hoy, ante la evidente mejoría de una anciana de 94 años, a partir de un criterio clínico de Julio, el doctor Alessandro Martini, quien es el director clínico y conduce las sesiones, expresó emocionado (las emociones no son consideradas científicas): “ustedes diagnostican con pocos recursos, son muy exactos, muy precisos. La medicina de los cubanos es más limpia que la nuestra, y la que enseñan ustedes es mejor que la que enseñamos en nuestras universidades. Resuelven problemas con pocos recursos, piensan, utilizan los elementos clínicos para diagnosticar y lo hacen con precisión, sin necesidad de análisis complementarios. En mi hospital de procedencia, hubiésemos gastado un arsenal de recursos, y el resultado no hubiese sido mejor”.

Aunque el verano hace que las personas sean más extrovertidas, creo que esa opinión empezó a formarse una mañana de primavera en la que un grupo de médicos y enfermeros cubanos (y Julio con ellos) entró, por primera vez, a la zona roja.

Enrique Ubieta Gómez 

amss/Tomado de Granma

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

11 + tres =