Omara Portuondo, diva del pueblo

Foto: Internet

Algunos consideran el perfil biográfico de Omara Portuondo, la insigne artista cubana, apropiado para un mosaico cinematográfico. Y no les falta razón.

Hija de una mujer de familia española que abandonó su círculo social para contraer nupcias con un jugador negro del equipo nacional de béisbol cubano –lo que la llevó a ocultar en público este enlace, debido a que los matrimonios mixtos no eran bien percibidos en la Cuba de principios del siglo pasado–, Omara entró en contacto con la música a edades muy tempranas.

Como en tantos hogares cubanos, este arte no faltaba en su casa. Y no precisamente porque hubiese un gramófono, sino debido a la viva voz de ambos padres, capaces de integrarse en dulces armonías a la interpretación de canciones del repertorio tradicional cubano desde los ecos de la trova santiaguera hasta otros intérpretes anónimos del acervo popular cubano.

Aquellas melodías, algunas de las cuales sobrevivieron saludables en el repertorio de la artista, constituyen las primeras lecciones informales de música recibidas por la despierta y sensible Omara. Ver y oír a sus padres entonar de viva voz, incorporar tesituras atractivas, bromear juntos con salidas espontáneas, constituyó un acervo familiar inestimable en la formación, entonces empírica, de quien llegaría a ser años después notable artista de la Isla.

Pero antes de dedicarse a la canción, Omara probó suerte en el mítico mundo de la danza, siguiendo los pasos de su hermana Haydée, que formaba parte de la compañía del afamado Cabaret Tropicana. El involuntario malestar de una de las bailarinas permitió a Omara mostrar sus dotes como danzarina novel.

Ella recuerda esos años de juventud: “Tropicana era un cabaret muy elegante, pero aquello no tenía sentido. Yo era una chica muy tímida y me daba vergüenza enseñar las piernas”.

Fue su madre quien la animó para que no perdiera la oportunidad, comenzando así su carrera como bailarina que la llevaría a formar pareja con el bailarín Rolando Espinosa y que, en 1961, le permitió trabajar como profesora de bailes populares en la Escuela de Instructores de Arte.

En 1952, Omara y Haydée formaron, con Elena Burke y Moraima Secada, un cuarteto vocal dirigido por la pianista Aida Diestro y que se convertiría en uno de los grupos más importantes en la historia de la música cubana.

La década del 60 implicó un nuevo desplazamiento escénico. Ingresa a la emblemática orquesta Aragón, con la cual viaja por todo el mundo llevando a sensibilidades diversas los encantos del cha cha chá, el danzón y la canción tradicional.

Sin embargo, un acontecimiento catapultaría definitivamente a Omara Portuondo al Olimpo de los consagrados, cuando a mediados de los años 90 es asaltada por la gran pantalla cinematográfica. Después de participar en las sesiones de grabación de Buena Vista Social Club (World Circuit), donde cantó Veinte Años junto a Compay Segundo, Omara emocionó al público y se emocionó ante la pantalla al interpretar con Ibrahim Ferrer un tema desgarrador como Silencio.

La suerte de Omara ha echado a andar desde entonces, anclada al destino de su pueblo, inmersa en el sabor de su ciudad, imantada a las brisas del mágico malecón habanero.

No hay cubano o cubana indiferente ante la gracia y el portento de esta singular mujer, de la cual hoy celebramos un aniversario de su natalicio.

moda/rm

 

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