Por La Habana… todo

Ahora que La Habana ha cumplido 500 años, quiero hablar como habanera del infinito bosque de columnas que sostienen la fronda de tantísimos portales; de sus coloniales medio-puntos y techumbres de tejas; del caprichoso barroco de la Catedral y del muro de concreto donde comienza o quizás termina esta ciudad… y también ciertos amores.
Por haber nacido y vivir en La Habana he pagado gustosamente el precio de la fascinación, la permanencia y otros milagros innombrables. Esta Habana de rostro tan ecléctico, cuyos perturbadores misterios me han tentado siempre la imaginación, lo mismo que las aves que le fabrican a esta ciudad un techo de plumas y de trinos, organizando en el cielo un concierto espontáneo y numeroso que vuela junto al viento para luego anidar en mi alma.
Haber nacido y vivir en La Habana es mi felicidad suprema. Una especie de hechizo que me encadena a la ceiba fundacional; al faro que desde El Morro le hace guiños luminosos a la noche; a los rugidos de bronce de los leones que custodian el Prado; a La Giraldilla que procura hallazgos en el horizonte; a la Plaza donde en medio de la multitud le hice a mi Patria hace mucho tiempo un juramento… y lo he cumplido.
Haber nacido, vivir y querer morir en La Habana es para mí mucho más que una fortuita circunstancia o un romántico anhelo: es un acto de fe que renuevo desde cada tempranero amanecer oloroso a café… hasta cada madrugada con acordes de trova.
Ahora que La Habana ha llegado a sus 500 años, le doy las gracias a esta ciudad por deberle cuanto soy. Le ofrendo humildemente estas palabras. Le entrego todo.
moda/rm