Por La Habana… todo

El salto. (Foto del libro Noble Habana, de Alejandro Azcuy)
El salto. (Foto del libro Noble Habana, de Alejandro Azcuy)

Ahora que La Habana ha cumplido 500 años, quiero hablar como habanera del infinito bosque de columnas que sostienen la fronda de tantísimos portales; de sus coloniales medio-puntos y techumbres de tejas; del caprichoso barroco de la Catedral y del muro de concreto donde comienza o quizás termina esta ciudad… y también ciertos amores.

Por haber nacido y vivir en La Habana he pagado gustosamente el precio de la fascinación, la permanencia y otros milagros innombrables. Esta Habana de rostro tan ecléctico, cuyos perturbadores misterios me han tentado siempre la imaginación, lo mismo que las aves que le fabrican a esta ciudad un techo de plumas y de trinos, organizando en el cielo un concierto espontáneo y numeroso que vuela junto al viento para luego anidar en mi alma.

Haber nacido y vivir en La Habana es mi felicidad suprema. Una especie de hechizo que me encadena a la ceiba fundacional; al faro que desde El Morro le hace guiños luminosos a la noche; a los rugidos de bronce de los leones que custodian el Prado; a La Giraldilla que procura hallazgos en el horizonte; a la Plaza donde en medio de la multitud le hice a mi Patria hace mucho tiempo un juramento… y lo he cumplido.

Haber nacido, vivir y querer morir en La Habana es para mí mucho más que una fortuita circunstancia o un romántico anhelo: es un acto de fe que renuevo desde cada tempranero amanecer oloroso a café… hasta cada madrugada con acordes de trova.

Ahora que La Habana ha llegado a sus 500 años, le doy las gracias a esta ciudad por deberle cuanto soy. Le ofrendo humildemente estas palabras. Le entrego todo.

moda/rm

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