Enriqueta Favez, una escultura

Cuentan que Enriqueta Favez era una mujer disfrazada de hombre. Mencionan otros que solo anhelaba ejercer el oficio de la medicina en el siglo XIX. Incluso se habla en plena actualidad sobre sus gustos amorosos, presuntamente extravagantes.
Desde que Fernando Pérez diera a conocer su cinta Insumisas en el pasado Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, el semblante de Favez, hasta entonces prácticamente desconocido, se ha tornado familiar.
Muchos fueron seducidos por la historia de aquella suiza desafiante de todos los obstáculos que atentaban contra su plenitud emocional. Era una mujer de firme temperamento que logró sortear los tabúes de la época. Enriqueta encontró en Cuba un rosario de afrentas para las que debió reservar paciencia y fortaleza.
Por estos días el artista José Villa Soberón da retoques finales a una escultura dedicada a la Favez, que recordará a los cubanos la figura de quien en gesto altruista decidiera poner su profesión al servicio de negros y blancos sin distinción, cuando otros médicos se rehusaban a hacerlo.
La Embajada de Suiza en Cuba aportó la financiación necesaria para concretar una pieza escultórica que pasará a formar parte del cúmulo de obras creadas por Villa Soberón dedicadas a personajes descollantes en la Isla, cuya labor o pensamiento dejaron una huella en el imaginario popular.
El ser humano adora la polémica y ciertamente la historia de vida de Enriqueta Favez, ampliamente estudiada por el Dr. Julio César González Pagés, aparentaba tener todos los ingredientes para una buena trama de ficción.
Ahora la escultura plasmará el entendimiento entre Soberón y la vida de Favez para propiciar nuevas fábulas. Pero más allá de mitos destella la certidumbre sobre la bondad de un ser humano que decidió a toda costa ser fiel a su esencia, poniendo en primer orden el derecho a la libertad personal y al amor.
El individuo, en su afán de reverenciar la figura propia, emprende caminos desacertados como el moralismo, el prejuicio o la falsedad. Aún se respiran los aires oscuros del tabú, que ni siquiera la contemporaneidad ha logrado desvanecer. El rostro de Enriqueta Favez moldeado por José Villa Soberón será un amuleto contra la discriminación, que recuerde el derecho de mujeres y hombres a ser y existir en armonía con el espíritu propio.
moda/rm