Mie. Sep 18th, 2019

Retamar, hombre de letras

Por: Ana Margarita Sánchez Solerasanchez@enet.cu

Habrá que recordarlo como hidalgo empuñando la tinta. Sus trazos sobre el papel nos legaron una obra de obligada visitación que se muestra imponente y necesaria.

Gran consternación embargó a muchos cubanos el pasado 20 de este mes cuando se hizo pública la noticia sobre el fallecimiento de Roberto Fernández Retamar, poeta, ensayista, hombre de gran intelecto y quién presidiera hasta el final de su vida La Casa de Las Américas.

La Casa fue el mejor templo para él. Su andar sosegado por esos corredores permenece en la memoria de quienes hoy lo deambulan y sortean la sensación de extrañamiento que provoca el no verlo.

Cuando en 1965 asumió la dirección de la revista perteneciente a esa institución, seguramente no imaginaba que la presidencia recaería en sus hombros tal como sucedió en 1986, año en el que comenzaría a multiplicar iniciativas como promotor de la cultura.

A Casa de Las Américas dedicó su vida con especial devoción, siempre con su mirada astuta detrás de un par de espejuelos que llevaba como aliado incondicional para devorar los libros que llamasen su atención.

Retamar poseía una trayectoria en el campo de las letras que lo hicieron destacar como uno de los intelectuales más prolíficos de Cuba y el continente, llegando a alcanzar el Premio Nacional de Literatura (1989), el Premio Internacional de Poesía Nikola Vaptsarov (1989), y el Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde, en Venezuela (1994).

Quien lo haya conocido un poco sabrá de su matrimonio permanente con la escritura; zona de expresión en la que volcó no solo talento, sino la ética como hombre comprometido con la cultura de su país. No son pocas las reflexiones suyas que apuntan al justo rol del intelectual en su contexto político y social.

Son numerosos los aportes de Retamar al panorama literario cubano desde su vínculo con proyectos de indiscutible relevancia en el panorama de nuestra cultura; como las revistas Orígenes y Unión o su labor realizada en la Unión Nacional de Escritores y Artistas, donde asumió responsabilidades cardinales.

A la lírica consagró muchas horas vitales. Los versos fueron su mejor modo de entenderse con el mundo, y es la poesía escrita por él un claro testigo de los hechos que marcaron su vida. Por su labor poética recibió el Premio Nacional de Poesía en 1952.

A Roberto Fernández Retamar habrá que recordarlo como hidalgo empuñando la tinta. Sus trazos sobre el papel nos legaron una obra de obligada visitación que se muestra imponente y necesaria.