Dom. Ago 25th, 2019

La sonrisa de Compay

Él dejó para siempre en su historia la marca de enormes proezas musicales y la sonrisa propia de una alegría sin par

Compay Segundo. (Foto: Sputnik Mundo)
Compay Segundo. (Foto: Sputnik Mundo)

Por: Ana Margarita Sánchez Soler (asanchez@enet.cu)

Dicen algunos que los años hay que saber llevarlos. Pareciera que esa sentencia contiene la clave para una vida próspera. ¿Llevarlos? ¿Cómo? Si fuera necesario ejemplificar esa capacidad de lidiar alegremente con el obstinado tiempo, habría que mencionar a un veterano cantor: Francisco Repilado.

Parece que Compay hubiese sido siempre un viejo. No lo recuerdo de otro modo. Sería difícil concebirlo sin esas dulces marcas de los segundos sobre su piel, huellas que pronunciaban su inagotable sonrisa.

Este 18 de noviembre se cumplieron 111 años desde que naciera en la oriental provincia Santiago de Cuba el gran Compay, que alguna vez fue joven mientras torcía tabacos en la fábrica Montecristo. Con sus manos abrió los caminos hacia el arte, pues gracias al oficio de torcedor pudo comprar el primer instrumento, un violín.

El joven Repilado comenzaba a sentir atracción por la música. Entonces no podría imaginar que mucho tiempo después su éxito tendría proporciones gigantescas.

Compay Segundo fue el que arrebató aplausos a miles de personas que esperaban verlo abrazar su guitarra cuando llegaba la hora del son.

Junto al Buena Vista Social Club hizo de la música nuestra un monumento y de su popularisímo Chan chan un éxito sin precedentes.

Debe su nombre artístico al dúo Los compadres; pues en 1942, al fundar esa agrupación musical, asumió la segunda voz. Pocos en Cuba lo llamarían luego por Francisco, ya estaba bautizado con el pseudónimo que sería anunciado en las marquesinas de teatros prestigiosos en el mundo.

De Marcané y Mayarí supieron gentes de todas partes. Luego de escuchar su melodiosa voz, con ella inmortalizó Francisco la imagen de aquellos dos pueblecitos.

Compay llegó a la cima de su carrera siendo un señor bastante mayor, lo consiguió probablemente porque supo hacer eso que muchos desean: llevar bien los años.

Él tenía el sueño de la longevidad, aspiraba a vivir más de los que la propia vida podía permitirle. Nunca apagó su sonrisa, ni siquiera cuando el tiempo era ya demasiado hostil. Compay dejó para siempre en su historia la marca de enormes proezas musicales y la sonrisa propia de una alegría sin par.