Las complicidades del malecón

Este lugar de la capital deja marcas permanentes en incontables historias de vida que le regalan un trozo de sí mismas como queriendo enmendar con pensamientos sus hendiduras

Aproximadamente siete mil metros conforman la construcción reconocida por ser de las más grandes en el mundo.

Por: Ana Margarita Sánchez Soler  asanchez@enet.cu

Hay un lugar de nuestra capital que existe para dejar marcas permanentes en incontables historias de vida. Me refiero a un sitio que asemeja a mucha gente por la similitud de las emociones que le profesan: el malecón habanero.

En una noche cualquiera, quienes acuden a él parecen cómplices de la misma adoración al mar. Desde su impresionante inmensidad regala olas y sal para adornar los placeres de un abrazo o el primer beso de amor.

Este trozo de litoral guarda los secretos más íntimos que algunos le revelan como al mejor amigo. No hacen falta palabras si queremos decirle quiénes somos. Una mirada basta para que sus aguas majestuosas comprendan las dichas o abatimientos que nos ocupan. Así de sabio preferimos entenderlo quienes acudimos ante el extenso muro confiados de hallar la inspiración para escribir un texto. Otros encuentran en sus márgenes la nota musical que jamás alcanzó una garganta.

Las obras para construir el malecón de La Habana se iniciaron en 1901 y paulatinamente se extendieron hasta culminar en 1952. Ello lo convierte en un profundo observador de la historia. Disímiles acontecimientos culturales, políticos y sociales han tenido como escenario la amplia explanada que constituye símbolo de cubanidad. A todos los nacidos en esta Isla nos pertenece, pero los habaneros presumimos de él con especial sentido de pertenencia.

Aproximadamente siete mil metros conforman la construcción reconocida por ser de las más grandes en el mundo. Se le compara frecuentemente por su distancia con los de México y el de Guayaquil en Ecuador. Cuatro municipios tienen el privilegio de acogerlo en sus demarcaciones: Habana Vieja, Centro Habana, Plaza de la Revolución y Playa. Observar el malecón nos recuerda inmediatamente que somos caribeños por los tonos azulados que lo distinguen.

El tiempo implacable deja sus señas en la argamasa del muro. Los que ofrecemos algo de nuestras vidas al malecón le regalamos un trozo de nosotros mismos como queriendo enmendar con pensamientos sus hendiduras. Es mágica esa sensación de sentir la textura ríspida del rompeolas y aquel olor a brisa húmeda que lo acompaña. En él se desbordan infinitos enigmas para quien los quiera desentrañar.

 

 

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