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La mujer cubana, gestora esencial del alma de la nación

Breves apuntes como referentes de una memoria histórica que se enriquece por día con las contribuciones de la mujer de hoy


Por: Ana Margarita Sánchez Soler  asanchez@enet.cu

La identidad cultural de esta Isla habría sido inconcebible sin el rol jugado por la mujer cubana, cuyos esfuerzos participativos como sujeto social se remontan de manera definida al siglo XIX.

Siglo de maduración de lo criollo, como signo identitario de nuestra cubanía, las voces femeninas se abrirían paso poco a poco durante la centuria; bien sea a través de sus militantes voces: Gertrudis Gómez de Avellaneda, Luisa Pérez de Zambrana o Juana Borrero, milicia espiritual que añadiría, a través de su literatura, datos y claves conformadoras de nuestro ser y psicología nacionales; o milicia abierta al desafío público más perentorio, afirmativa de un pensamiento fundacional mediante obra afincada en la necesidad independentista de la Isla y a cuyo lado siempre estuvieron mujeres, por ejemplo, de la altura de Ana Betancourt.

Unas y otras alzaron sus voces, y al hacerlo trazaron un camino. Hoy vemos en él las señales de lo que se conoce como miradas de género, si bien esos enfoques contaron también con un sentimiento plural de acendrada cubanía.

El silencio como recurso para sobrevivir en una sociedad colonial signada por el estereotipo y el conservadurismo a ultranza, se repliega en las firmes actitudes de estas y otras mujeres de la sociedad civil que destacan por la integridad de sus visiones sobre la vida y sus circunstancias personales.

Con estas perspectivas, los espacios públicos donde la mujer se expone y hace su aparición durante el siglo XIX (tertulias literarias, fábricas de tabacos o la misma manigua) se van asociando a un activismo social profundo, a veces sutil, pero siempre diverso. Baste recordar, entre otros ejemplos memorables, a Paulina Pedroso y Emilia Casanova, estandartes esenciales en la forja del Partido Revolucionario Cubano, a la cabeza del cual funge nuestro Apóstol, José Martí.

Esa tradición emancipadora que boga por la conquista de lo auténtico y coarta el estereotipo de lo femenino, tendrá en el siglo XX momentos culminantes. A partir de 1959, fecha del histórico triunfo revolucionario, el protagonismo de la mujer cubana experimenta una madurez asombrosa e impacta en todas las esferas de la vida social.

En el orden de la cultura artística y literaria, la consagración del ejercicio profesional de algunas de ellas son derroteros para generaciones enteras de cubanos. Dulce María Loynaz resume muchos de los méritos de esa tradición finisecular donde historia y arte se hermanan para germinar en documento de época. Ahí están sus deliciosos Poemas sin nombre para confirmarlo: documento íntimo, también misterioso de la espiritualidad cubana.

Otros ejemplos notables son obligados: Alicia Alonso, quien sintetiza posiblemente esa integralidad del alma nacional resumida en una épica dancística. Ejemplo paradigmático de artista revolucionaria, a su nombre se une la germinación de una escuela de talentos donde arte y ética son haz y envés de un mismo pensamiento: lo cubano.

Para una efemérides de hondo calado en Cuba, el Día Internacional de la Mujer, sirvan estos breves apuntes como referentes de una memoria histórica que se enriquece por día con las contribuciones de la mujer de hoy, testigo excepcional de una época difícil y urgida de su presencia como baluarte de la nación.

A ella, a nosotras, vaya dedicado un impulso esperanzador para un mañana promisorio.

 

 

Publicado: marzo 8, 2018 por Vanessa Alfonso No hay Comentarios

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