En fin, el mar: limones y mandarinas

Compartimos las primeras impresiones sobre la nueva telenovela cubana… para calentar motores

A Dalaytti, la protagonista no le fue tan bien. Es su primer papel y todo lo que tiene en exuberancia le falta en experiencia.

Por: Antón Vélez Bichkov

Elena prometió volver y parece que ha cumplido la promesa. La broma de Yía Caamaño en el programa final de En tiempos de amar, se ha hecho realidad. Al menos, a primera vista.

Multiplicada como los peces, la villana que tanto dio qué hablar ahora viene de rubia, más complaciente con el marido en asuntos de alcoba, pero con idénticos humos y reclamos en casa de los suegros.

Es temprano para juzgar, pero el personaje se ha escindido y en Baby recoge toda su vocación por lo ilícito y las transgresiones.  

Con mejores credenciales en todos los parámetros (guion, puesta y actuación), En fin, el mar, la nueva novela cubana, llega a la pantalla de Cubavisión, probando la limitación temática del dramatizado nacional y la estrechez de sus formas.

El autor criollo sigue yendo a lo básico y continúa omiso en otros aspectos fundamentales.

Aunque, estuvo ‘movido’, el capítulo de estreno no dio pistas sobre el rumbo de esta historia. Sólo situó a los personajes y malamente dio antecedentes sobre estos. Otra vez, se nos escabullen sus nombres. Sus intenciones.

Apenas grabamos el de Paz, por todo el contraste que anuncia. Ya vemos que ella es la oveja negra de esta familia de racialidad diversa y de desbalances etarios (Porto, no debe ser mucho mayor que Breña para que aparezca como ¡su padre!).

El marco nos sonará novedoso, pero si rebobinamos el casete descubriremos muchas historias de pescadores, sobre todo en los Horizontes de Maité Vera.

Que hayan desaparecido del medio, no significa que sea totalmente nuevo.

Los paisajes y el precioso mar color esmeralda, nos tendrán encandilados, al menos, en las primeras emisiones y eso, porque Carmelo Rubio, el director general, y Eddy Quintero, director de fotografía, le han sabido sacar partido a su imagen.

Más lograda en exteriores, que en estudios, pues el cartón sigue robándole visualidad al decorado (con todo y el evidente cuidado, sobre todo en las súper cocinas, el único espacio de las casas que luce convincente y hasta exagerado).

Pero hasta ahí.

La novela anterior probó que no hacen falta grandes malabares para complacer al público.

Dicen que a la cubana se le exige mucho. No obstante, la práctica es el criterio de la verdad y vemos como el gusto se amolda cada vez más a un producto menos elaborado.  

Un buen estreno es la antesala natural de un audiovisual decente. Y en este hubo luces y sombras. Fragmentado y expositivo, dio la sensación de muchos poquitos, que sumados no produjeron nada.

Ninguna acción llegó a término: ni el ‘señuelo’ del tiburón, muy ‘bueno’ en el papel, pero resuelto en dos plumazos y quizás por eso con sabor de impostado; ni la situación que reúne a la pareja protagónica; ni el adulterio descubierto que separa a la heroína del traidor. Todo muy breve. Todo muy parco.

El capítulo dos tuvo idéntico defecto, restándole impacto a escenas fuertes como la violación tácita, sus réplicas y el detonante que llevó a ello.

La traición quedó en el aire, ella vio, pero no vio, protestó e indagó, pero durmió en la misma cama y a la mañana siguiente, su única muestra de rebeldía fue negarle el desayuno al marido. Aunque le eche en cara su violencia.

Y aquí no podemos distinguir si fue cosa de puesta o de guión (escuetos, de por sí, en acotaciones y objetivos).

Cuando el director siente que el libreto se estanca, empieza a buscar atajos… Así, para ganar en ritmo, terminan mutilándose escenas, que vienen cojas desde el texto y que no calzaron bien en el rodaje.

¿Al final, qué queda? Un frankenstein televisivo, mucho más ‘feo’ el día que se saca al aire, que cuando se cosen sus retazos.

Es obvio que Rubio, apuesta por acción & ritmo y eso es bueno, pero el barrido que sirve de transición le resta redondez a la escenas y aumenta su aire de inconcluso.

No digo, que En fin… no tenga momentos felices en materia de historia y escritura.

Eurídice Charadán y Osvaldo Huerta, su coguionista en Salir de noche y el que, desde su experiencia de asesor, le abrió las puertas de este esquivo medio, tienen más tino narrativo que el equipo anterior, del que la autora también formó parte.

Traen situaciones con sentido progresivo; diálogos hilvanados y creíbles (con algunos menos, como cuando Alberto Joel posa de donjuán o vive un incrustado orgullo marinero); personajes con más fibra y algunas cosas que decirnos; y, sobre todo, una vocación más clara por una telenovela entretenida, pero trascendente (no importa que sea ‘a la cubana’ o lo que es igual, a medias).

Pero siguen estancados en los lugares comunes del melodrama nacional. Ejemplo: el villano-delincuente, todo un cliché, como si la maldad fuera hermana siamesa del delito. O la malversación y la convivencia como principal fuente de conflicto.

Sólo falta que haya algún gerente corrupto y una jinetera para cerrar el cuadro.

Dirán, es la vida que nos tocó… y yo seguiré pensando que nos falta creatividad y fantasía. Si existe un policiaco, ¿por qué redundar en esos temas? Si la vida nos da limones ¿por qué no tratamos con las ‘mandarinas’?

Formalmente, el producto es atractivo, pese al desbalance de los interiores con las cortinas y externas, cuya textura se acerca a una imagen ‘internacional’, que ya anda por los 4K, mientras nosotros no acabamos de vencer el HD.

La música le da vida. La salsa no estará de moda, pero le vino como anillo al dedo. Sobre todo, el tema de despedida.  

 

El elenco, fue otro punto a su favor. Molina, Porto, Obelia Blanco… agotan el tema con la simple mención de sus nombres. Los otros, habría que tantearlos.

En el segundo capítulo, vimos a Cruz Pérez, con sólida trayectoria en la radio, dándole calidez al personaje de la abuela.

A Dalaytti, la protagonista no le fue tan bien. Es su primer papel y todo lo que tiene en exuberancia le falta en experiencia.

Sus frases tienen un deje adolescente, como la chica que le reclama al novio un flirt ocasional. No como una madre con un hijo que enfrenta las situaciones más duras.  

La presentación, quedó larga y con varias erratas en nombres y apellidos. La coma de ‘En fin, el mar’, está en el medio de ambas frases, en una ‘neutralidad’ que no cabe en ninguna regla de puntuación, ni de diseño.  

La novela no tiene logo y el rótulo se reduce apenas a un letrero en fuente Times New Roman o semejante. Un retroceso, si la comparamos con las presentaciones del difunto Portuondo, más elaboradas y conceptuales, al estilo brasileño. Curioso, que la despedida repita los créditos del elenco que ya salió en la apertura.

Nota: las reseñas de estreno son una práctica internacional, cuyo fin es reflejar la primera impresión de una obra, tan importante en un dramatizado de continuidad, pues orienta al espectador y evalúa el desempeño del equipo. No juzgar a priori.

Tomado de Cubasí

 

 

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