Acueducto de Albear, la gran obra de Francisco

Francisco de Albear , un hombre que habitó el siglo XIX fue capaz de erigir con su ingenio los caminos para el caudal que hoy recibimos
Ana Margarita Sánchez Soler
Al partir del mundo, todos dejamos huellas, siempre queda algo nuestro por sencillo que sea, para recordar a otros que existimos alguna vez. Regalamos a los tiempos futuros nuestras obras, tal vez una escultura, un cuento bien escrito, una partitura musical o una buena acción. Algunos como Francisco de Albear tuvieron la dicha de legar afluentes de utilidad. Este mes se conmemoran 130 años de su fallecimiento (22 octubre de 1887) y no hay mejor modo de recordarlo que citando una de sus obras maestras: El acueducto de Albear.
El ingeniero y arquitecto cubano concibió disímiles construcciones, entre ellas edificios, carreteras y faros. En Cuba sin embargo, su nombre nos remite al canal que con más de un siglo continúa abasteciendo de agua a ciertas zonas de la capital.

La gravedad sería uno de los principios de funcionamiento del acueducto desde que Albear elaborara los planos y de ese modo ha llegado el líquido a miles de habitantes en nuestra ciudad.
Este conducto integra la lista de las siete maravillas propias de la ingeniería civil cubana y fue establecido como Monumento Nacional.
En el acueducto perviven las exploraciones que realizara su diseñador por Europa en busca de proyectos que pudieran acometerse en Cuba. Con ese propósito recorrió Francia, Inglaterra y Prusia. El tiempo dedicado al estudio, los razonamientos matemáticos, las ilusiones de ver una idea convertida en realidad corren con cada borbotón.

Cuando nos beneficiamos con el servicio de acueductos de La Habana probablemente no pensamos en Francisco de Albear. El ritmo precipitado de la vida nos impide reparar en que un hombre que habitó el siglo XIX fue capaz de erigir con su ingenio los caminos para el caudal que hoy recibimos. Por las venas subterráneas de nuestra ciudad circula el líquido vital como en una fiesta de aguas que desandan libres y conocen los secretos de la profundidad.
Francisco de Albear pasó por el mundo y dejó improntas de las que valen más, de esas que son para muchos y no para sí mismo. Puso sus destrezas en función de un bien común que además de su sentido práctico lleva los encantos de una vida propia a base de chorros presurosos.
Las grandes obras hablan de sus autores cuando ya no están, por eso los sonidos del agua que corre en el viejo acueducto son ecos del gran Francisco de Albear.