Bloquear la cultura cubana, un desafío imposible

De la calidad, diversidad e hidalguía de los procesos culturales, tanto de la isla como de su poderoso vecino del norte, se priva a cubanos y norteamericanos…

Por: Daniel Guerra Domínguez

A los nueve años al personificar a José Martí en una obra de teatro, mientras observaba en escena los negros esclavos yendo al cepo tras el azote del mayoral, declamé del apóstol: “…Yo sé de un pesar profundo, entre las penas sin nombres, la esclavitud de los hombres es la gran pena del mundo…”.  No alcancé a apreciar en esa etapa la magnitud del daño y su evolución hasta nuestros días, en las más disímiles maneras imperiales de esclavizar e imponer voluntades ajenas a los designios culturales y sociales de cada nación.

Al paso del tiempo, mientras continué por los caminos de las artes escénicas en una etapa de mi adolescencia y juventud, comprendí —sin pretender hacerles todo un recuento— cuánto ha evolucionado esta otra manera de subyugar al ser social hasta nuestros días, y es sorprendente que en pleno siglo XXI se continúen cometiendo atrocidades como ese otro inmenso pesar: el genocida bloqueo comercial, económico y financiero impuesto a Cuba por los Estados Unidos de Norteamérica, que no por paradójico también afecta al sector de la cultura.

La cultura —según  Martí— “…es la madre del decoro, la savia de la libertad, el mantenimiento de la República y el remedio de sus vicios…”. Sufre también los desmanes de un imperio que se empecina en hacerles difícil la vida en todas sus manifestaciones y campos del saber, a sabiendas del arraigo popular y las ricas tradiciones que han cultivado generaciones tras generaciones los cubanos.

Sin soslayar la rica trayectoria cultural cubana, desde el triunfo mismo de su Revolución el 1ro de enero de 1959, la sociedad experimentó profundos cambios y se vivieron procesos democratizadores en este importante sector. Surgieron así el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), la Casa de las Américas y, a pesar del férreo bloqueo impuesto a Cuba, comenzó a percibirse una verdadera revolución cultural, además de convertirse en punto de encuentro de no pocos intelectuales interesados en apreciar la nueva realidad que dio paso al desarrollo y ampliación de las relaciones socioculturales con pueblos de la América Latina, el Caribe y otras regiones del mundo.

Este proceso dio lugar a otras instituciones vanguardistas como la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), que acoge en su seno a personalidades de reconocido prestigio de las artes estéticas y filosóficas y, como principio, salvaguarda la independencia nacional y su proyecto social que desde el primer congreso en el año 1961 definió sus principios, con una perspectiva del desarrollo humano como eje esencial de la naciente sociedad en tiempos de Revolución. Germinaron así epicentros de una asombrosa expansión de la enseñanza artística en el país, como la trascendental y hermosa Escuela Nacional de Arte en 1962, obra de la Revolución que prestigió y dio paso a un desarrollo sin par del arte en Cuba.

Asimismo, en 1976 el singular Instituto Superior de Arte (ISA) y el Ministerio de Cultura con sus respectivas direcciones provinciales y municipales, junto a otras entidades como el Instituto Cubano de la Música, los Consejos Nacionales de las Artes Escénicas, de las Artes Plásticas, y de Patrimonio Cultural, que juntos al ICAIC y el Instituto Cubano del Libro, instituciones docentes, de investigación, de preservación y cuidado del patrimonio, de trabajo en la comunidad, y otras, integraron el sector a finales de la década delos 80.

En todo ese quehacer emancipador no han sido pocos los obstáculos que vencer para llevar adelante su labor social. Ahí ha estado perennemente el flagelo del bloqueo, y sus afectaciones van más allá de pretender imposibilitar que el mensaje cultural de la nación cubana llegue a sus confines mediante la obstrucción del intercambio cultural entre artistas de ambos países, hasta de negación de  permisos de comercialización de obras o adquisición de tecnologías de punta para el desarrollo de manifestaciones como el teatro, el cine o la música.

Y en consecuencia someten al país a una guerra cultural constante y sin precedentes, como parte de su entramado subversivo, dirigido a destruir el justo sistema político, económico y social que han escogido la inmensa mayoría de los cubanos. Las circunstancias han llevado al sector a desplegar toda una gran ofensiva de movilizaciones físicas e ideológicas y en las diferentes manifestaciones, para alcanzar momentos cumbres que han desembocado en un movimiento generalizado de culturización sobre la base de la identidad patriótica, revolucionaria y de la lucha de ideas.

De la calidad, diversidad e hidalguía de los procesos culturales, tanto de la isla como de su poderoso vecino del norte, se priva a cubanos y norteamericanos, debido al aferramiento a esa política de bloqueo obsoleta, devenida instrumento de presión para tratar de imponer los anhelados cambios imperiales. ¿A dónde llega el castigo? No han sido pocos los artistas de la plástica, de las artes escénicas, del ballet, la música, todos de excelsa calidad y reconocimiento, que han visto frustradas sus aspiraciones de exponer o subastar obras, presentar espectáculos, vender producciones discográficas o bibliográficas, y mucho menos recibir el pago por sus presentaciones, premios o los consabidos derechos de autor.

Sería agobiante enumerarla lista de casos que se han visto privados de asistir, por negación de visados del gobierno norteamericano de turno, a Festivales de Cine Havana de Nueva York, Latino de Los Ángeles y Sundance Film, como recién ocurrió con la compañía cubana Ludi Teatro que canceló su presentación en el primer Festival Internacional de Teatro Latino de Chicago. En paralelo, algún que otro artista anglo-norteamericano se le han dificultado los procesos de exportación de sus obras y la gestión de licencias de viajes.

En muchas ocasiones, Cuba se ve obligada a comercializar su producto cultural a través de terceros países, situación que acrecienta hasta más del 20 % los gastos de reconocidas empresas cubanas como EGREM y Bis Music, impedidas de sus operaciones comerciales directas con clientes norteamericanos, atemorizados por la posibilidad de ser sancionados en virtud de las disposiciones del bloqueo.

Situación similar afronta la cinematografía cubana a la cual se le dificulta adquirir ingresos en la comercialización, utilizables en el mejoramiento de su vetusta infraestructura que alcanza alrededor de 692 salas cinematográficas, de videos y videotecas, necesitadas de atemperarse a los tiempos actuales con equipamientos y repuestos, entre otros recursos, que al intentarlo en otras latitudes se encarece su costo.

Es justo reconocer que en medio de todas las adversidades, la cultura revolucionaria y la generalidad de sus embajadores culturales junto al pueblo cubano no se han doblegado ante la crueldad de la hostil política norteamericana. Hacia lo interno de la isla son disímiles los eventos y festivales de amplia participación popular que desarrollan las instituciones, muchas de ellas de prestigiosa factura y abarcadora de todos los sustratos poblacionales y de una rica amalgama de manifestaciones artísticas enriquecedoras de la espiritualidad y formadoras del hombre nuevo.

La Revolución Cubana es en esencia una revolución cultural desde sus raíces históricas y expresión de la política y de los principios que la sustentan, instrumento indiscutible de transmisión de valores éticos que enaltecen el espíritu a partir de la comprensión del compromiso social y de la dinámica de acción e integración. En su desarrollo observa los principios  planteados desde los inicios de la Revolución, inherentes a la esencia del modelo social cubano, la historia, el pensamiento y la cultura del país y las actuales condiciones socioeconómicas, políticas e ideológicas.

El bloqueo arrecia y mientras se enfrenta en la arena diplomática, Cuba reafirma la cultura y desarrolla la identidad nacional, su vocación universal, latinoamericana y caribeña; conserva y difunde su patrimonio cultural; reconoce la diversidad cultural; fomenta y estimula la creación artística y literaria; respeta y apoya la creatividad colectiva de sus comunidades y reconoce al papel de la cultura en el impulso y orientación de los diferentes procesos. Razón tiene Martí cuando afirmó: “…es la cultura sutil como el aire, y más es vaporoso que visible, y es como un perfume…”. Ese aroma no ha de sucumbir por cruentos que sean los embates del Norte que los desprecia. Bloquear la cultura cubana ha de ser y será un desafío imposible de vencer por quienes se empeñan en frustrarla.

Tomado de Cubahora

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