José Soler Puig, icono de la cultura cubana

Gloria eterna a este hombre de pueblo que ennobleció con su pluma la espiritualidad de un país, el alma de una nación

Dueño de una capacidad narrativa que le valiera reconocimiento nacional e internacional, su obra literaria es un muestrario de una sorprendente capacidad de síntesis.

Por: Ana Margarita Sánchez Soler  asanchez@enet.cu

José Soler Puig es un icono de la cultura cubana. Y no solo de la literatura, sino de una savia fecunda que supo filtrar lo mejor de la esencia nuestra para convertirla en retrato de nacionalidad. De ahí brotó su grandeza y su capacidad para perpetuarse en memoria de la nación.

Dueño de una capacidad narrativa que le valiera reconocimiento nacional e internacional, su obra literaria es un muestrario de una sorprendente capacidad de síntesis, estilo narrativo directo y ascendencia realista de personajes a través de los cuales fraguó conflictos de pertinencia local y universal.

Si bien Soler Puig fue un intenso colaborador de la radio y la televisión, medios a los cuales dedicó guiones, su lanzamiento a la palestra pública se produce con el galardón obtenido por su novela Bertillón 166, suficiente para arrasar con el Premio del Concurso Casa de Las Américas en 1960.

A este lanzamiento público de su obra, asediada desde entonces por la crítica, seguirían otras no menos edificantes desde el punto de vista técnico: El derrumbe (1964), El pan dormido (1975), El Caserón (1977) y Un mundo de cosas (1984).

Muchas de sus novelas se inscriben en el mejor ámbito que conoció: su natal Santiago de Cuba. Los conflictos familiares, las historias anónimas de héroes anónimos, la lucha clandestina, la apuesta por un mundo mejor donde la marginalidad quedase enterrada para siempre, la esperanza en un mañana…

Su existencia de hombre humilde antes de la Revolución enriqueció su experiencia y suministró datos valiosos que luego utilizaría en muchas de las tramas asentadas en sus relatos y novelas.

Durante su vida desempeñó oficios diversos: vendedor ambulante, jornalero, pintor de brocha gorda, recogedor de café. De esas pieles brotaron las semillas de sus personajes, como él, apegados a las señales de la tierra que le otorgan la gloria eterna de pueblo que ennobleció con su pluma la espiritualidad de un país, el alma de una nación.

 

 

 

 

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