La Habana, a su aire
La Habana es impredecible, tanto para bien como para mal, a lo mejor por eso es que el cubano camina lento y termina riéndose de todo, porque aprendió que La Habana hay que cogerla suavecito, y con calma

Dazra Novak
La Habana es impredecible, tanto para bien como para mal. Tantas veces en que se llena el cielo de nubes, se arremolina el viento y sin más: el aguacero. ¡Y eso que había anunciado sol!
Tantas veces en que la guagua no para antes de la parada —adonde nos habíamos parapetado para cazarle la pelea— y mucho menos después —adonde otros tantos creyeron correr mejor suerte—, sino en la parada misma. ¡Como debe ser!
Algunos productos «se pierden» y de pronto uno no encuentra papel higiénico ni en los centros espirituales, pero con la misma aparece y ya es la pasta de dientes lo que no hay.
Hay edificios cuya construcción o reparación se interrumpe y un buen día empieza todo de nuevo hasta que ¡zas!, queda inaugurado —que duren, bueno, ya eso es otra cosa—. A veces uno llega al dentista y con tan buena suerte que recién hubo una donación de amalgama, pero otras tantas se rompió el compresor y entonces el bloqueo.
A algún vecino le entra no sé qué un buen día, en plena rendición de cuentas y habla… hasta por los codos. ¿Quién nos iba a decir que en la oficina de trámites íbamos a encontrar al amigo del pre que nos resuelve todo rapidísimo? Y es que, sabemos, las cosas en esta ciudad pasan así, a su aire.
A lo mejor por eso es que el cubano camina lento y termina riéndose de todo, porque aprendió que La Habana hay que cogerla suavecito, y con calma.
Tomado de Juventud Rebelde