Venezuela jamás retornará a la OEA

La Organización de Estados Americanos (OEA), demostró su vocación colonialista

Representación diplomática de Venezuela en la OEA entregó carta formalizando retiro del país.

Mariela Pérez Valenzuela

  El mecanismo injerencista, bajo el liderazgo de Luis Almagro, quien alguna vez militó en la izquierda, trató de imponer su vocación colonialista en Venezuela, una nación soberana que decidió retirarse dela OEA en el que es atacada de continuo por órdenes de Washington.

A principios de esta semana, el presidente Nicolás Maduro anunció la intención de salirse de la OEA, desde donde Almagro, junto a un grupo de naciones de gobiernos derechistas, intentaron dar un golpe de Estado a un gobierno legítimo en nombre de la supuesta defensa de los derechos humanos, un argumento desprestigiado por su nefasto uso.

El jueves último, la Ministra de Relaciones Exteriores venezolana, Delcy Rodríguez, anunció que de inmediato comenzarían los trámites para la salida de la OEA, que desde su creación en 1948 responde a los intereses de Estados Unidos y su política de patio trasero que otorgó a América Latina.

Desde que Almagro, ex canciller del gobierno progresista de José “Pepe” Mujica, asumió el cargo en 2015, inició una arremetida contra el gobierno legítimo de Maduro, y en defensa de figuras de la oposición y los partidos de derecha.

Personalmente, y para asombro de los 34 miembros de la institución que apoyaron su candidatura pensando que traería aires renovadores a la desprestigiada OEA, este individuo asumió la defensa de los más espurios intereses injerencistas del capitalismo estadounidense y su comparsa.

En corto tiempo se mostró identificado con la Asamblea Nacional (AN) en manos de elementos conservadores de línea dura, solicitó a Maduro una Ley de Amnistía para los presos políticos enjuiciados y condenados por instigar el plan La Salida del 2014 que dejó decenas de muertos y heridos, y recibió en la sede del bloque en Washington a líderes derechistas, como el gobernador de Miranda Henrique Capriles.

Mientras importantes figuras de la política mundial, entre ellos los exmandatarios José Luis Rodríguez Zapatero, de España, Leonel González, de República Dominicana, y Martin Torrijos de Panamá, junto a un delegado del Papa Francisco intercedían para alcanzar un diálogo entre el Gobierno (siempre a favor de la paz) y la oposición, este personero de Estados Unidos insistió en aplicar medidas a Venezuela que culminarían en una intervención militar.

Aunque fue derrotado en más de una ocasión por aquellos que tienen vergüenza en las filas de la OEA, y muy especialmente por el cuerpo diplomático venezolano liderado por la Canciller Rodríguez, Almagro violó normativas internas, presionó, amenazó, y quiso aplicar la llamada Carta Democrática a los venezolanos.

Con ello, lograría –al menos eso pensó- aislar a Caracas del resto del continente, fomentar la violencia interna, de nuevo desatada desde hace varias semanas, y dejar el camino libre para que la soldadesca estadounidense  pisoteara la Patria de Bolívar, como está habituado a hacer en estas sufridas tierras de América.

A la OEA poco le importan los desastres políticos que están ocurriendo en América Latina y ni siquiera los naturales, como el que afectó a Perú con cientos de muertos y desaparecidos, ni la pobreza en Haití, ni el hambre en Honduras y los asesinatos de líderes comunitarios.

No le interesa tampoco los negativos números de la economía brasileña y el rechazo al presidente usurpador Michel Temer, que solo tiene un 5% de respaldo, y a sus reformas neoliberales, que desembocaron este viernes en una huelga general paralizante en la gigantesca nación.

Poco le importa el proceso de paz en Colombia, donde el gobierno incumple con puntos de los Acuerdos logrados con las guerrillas y siguen asesinando a campesinos y a miembros amnistiados por la ley de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo, ya desarmadas.

Tampoco que bajo el gobierno de Mauricio Macri siga detenida la líder barrial Milagro Sala, acusada y condenada sin pruebas, ni que continúe el descenso del empleo, ni la subida de los precios, ni las protestas de millares de trabajadores.

No le incumbe que cada mes muera un periodista en México, ni que ya nadie anote la cantidad de secuestros, desapariciones y fosas comunes donde yacen miles de personas, entre ellos, se estima, los 43 jóvenes estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa.

La OEA no envió una comisión a Guatemala para investigar la muerte de 43 niñas pobres calcinadas en un incendio en un establecimiento estatal de supuesta seguridad para la infancia y la adolescencia.

Así, un rosario de violaciones reales de derechos humanos en estas tierras ricas en recursos naturales ambicionadas por el apetito del imperialismo, pero que no llaman la atención de Almagro ni de sus jefes.

Esta última semana, en un nuevo alarde de intromisión en los asuntos internos venezolanos, el aparente jefe de la OEA convocó a los Cancilleres de los estados miembros para, de nuevo, debatir el tema de Venezuela.

Maduro lo detuvo en seco. Venezuela sale de la OEA y ya no hará más convocatorias sobre lo que está ocurriendo en Venezuela, cuyos problemas deben ser resueltos por sus pobladores y no por un mecanismo intervencionista.

El presidente fue radical en sus declaraciones: Ya no habrá más intervencionismo imperial en nuestra Patria. A la OEA no volveremos jamás.

Mientras, hasta Caracas llegan las adhesiones a la firma y digna postura de su gobierno, que solicitó para el próximo martes una reunión extraordinaria de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac).

Cuba, expulsada de la OEA en 1962 por órdenes de Washington, -medida derogada en 2009- emitió de inmediato una nota diplomática de solidaridad con la postura de Maduro y su gabinete. Al igual que ahora dice Venezuela, la isla nunca aceptó el retorno a lo que con razón llamara “Ministerio de Colonias yanqui” el Canciller de la Dignidad de Cuba, Raúl Roa García.

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