Hombres de Girón. Mario, testigo vital de la epopeya

El Mayor de la reserva Mario Díaz Costa, estuvo siete horas junto a Fidel Castro en abril de 1961 durante la agresión a Playa Girón

Mario recuerda que el Comandante en Jefe pasó prácticamente solo a 25 metros de mercenarios escondidos en el mangle y bien armados, pero ninguno tuvo el valor de dispararle.

Texto y fotos: Ricardo R. Gómez Rodríguez

rrgomez@enet.cu

“Ningún mercenario se atrevió a dispararle a Fidel. Los agresores estaban escondidos entre el mangle y el Comandante pasó casi solo, desprotegido, a 25 metros de ellos, pero les faltó… valor para tirarle”.

La frase es del Mayor de la Reserva Mario Díaz Costa. Un cubano espontáneo, con gestos afables, intranquilo, comprometido con su pueblo.

Lo conozco desde hace seis años cuando tuve el primer acercamiento periodístico a este hombre imprescindible, vital para contar la historia de Playa Girón. Aquella agresión que devino la primera derrota del imperialismo en América.

Mario sigue con el mismo temperamento enérgico y una mente fresca, esa que le permite recordar nítidamente cuando el 20 de abril de 1961 pasó siete horas al lado de Fidel Ruz Castro, en la primera línea de combate.

Fue al día siguiente de la victoria, y la misión estaba relacionada con capturar a los invasores, aún escondidos en los alrededores de la costa.

El líder histórico de la Revolución mandó a buscar una batería de morteros y la seleccionada fue la del Batallón 115, del municipio de Guanabacoa, ubicado a 15 kilómetros al Este de La Habana.

Díaz Costa era jefe del primer pelotón. Salieron temprano en la mañana a encontrarse con el Comandante en Jefe. Tomaron un trillo pegado a la playa desde Girón hacia Cienfuegos, en el Centro-Sur de la isla.

Comenta Mario que Fidel se sentó en el guardafango derecho de un camión comando capturado al enemigo que los transportaba; en el izquierdo iba una escolta y en la parte de arriba la batería de morteros.

El vehículo sufrió una rotura y se detuvo, mientras siguieron avanzando hacia delante un tanque y una columna de milicianos. El Comandante en Jefe, cuando vio al camión roto, se tiró y avanzó caminó solo. Tras él salieron los escoltas, pero iba muy desprotegido.

En ese momento, Mario le dijo al teniente Páez, jefe del Batallón: – Páez, Fidel va prácticamente solo. Ordenaron bajar la batería de morteros y se pusieron a su lado.

Fue allí cuando le temblaron las piernas a integrantes de una escuadra de mercenarios armados con fusiles modernos para la época, algunos con mirillas telescópicas. Vieron pasar al líder de la Revolución, pero permanecieron en silencio y escondidos. Ninguno se atrevió a disparar.

Se enteraron del suceso porque más adelante capturaron a uno de los enemigos y confesó el acontecimiento y señaló dónde estaban los demás. Mario Díaz iba al frente de 31 hombres y sus principales acciones estuvieron relacionadas con la captura de los invasores.

Cuando habla del lejano 1961 parece revivir la epopeya. Se emociona, mueve inquietamente los brazos, lleva la mano a la cabellera blanca que habla de esos 79 años de edad, vividos con plena pasión.

Recuerda que Fidel le encomendó a él personalmente conducir a tres prisioneros. La tropa estaba enardecida por la agresión, los crímenes y uno de los milicianos propuso ajusticiarlos. Sin embargo, el Comandante en Jefe se opuso drásticamente y explicó que había que respetar al enemigo, como lo hizo el Ejército Rebelde en la etapa de la liberación.

Luego de unas palabrotas algo fuertes, le dio la orden a Mario de que entregara los detenidos al Capitán José Ramón Fernández, en Playa Girón. Conversamos con Mario Díaz en la sencilla sala de su casa en el Reparto D´ Beche, en Guanabacoa, a unos 15 kilómetros al Este del centro de la ciudad.

Para él la vida nunca se detiene. Hoy es Presidente de la Asociación de Combatientes de la delegación de base, secretario del núcleo zonal del Partido Comunista de Cuba (PCC) y también presidente de su Comité de Defensa de la Revolución. Antes fue dirigente partidista durante 13 años y delegado al Primero y Segundo Congresos del Partido Comunista de Cuba.

Dice Díaz Costa que le quedaron imborrables recuerdos de Girón. La valentía de los jóvenes artilleros, de los bisoños soldados, entre los cuales estuvo él con solo 23 años.

Comenta que cuando regresaron del combate, pensaban ya con más madurez. Se indignaron al ver los atropellos con la población civil, pero sintieron la satisfacción de derrumbar de un porrazo los sueños del enemigo, que creyó que cuando llegara a tierra, sólo tenían que doblar a la izquierda y seguir para La Habana.

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