De ejemplos y valores

Rosa Pérez López
Cuando se cumplen 55 años de la creación de la Unión de Jóvenes Comunistas, y a seis meses de conmemorarse medio siglo de la caída del Che en Bolivia, releer “El hombre y el socialismo en Cuba” -magistral ensayo del ideólogo Ernesto Guevara-, es percibir la vigencia e inminencia de sus preceptos, al punto de que dicha obra debiera convertirse en lectura indispensable para todos los cubanos.
Porque se habla en ocasiones de una crisis de valores en ciertos sectores de la juventud. Se habla de jóvenes distanciados de las convicciones que alzaron como promisoria bandera sus antecesores. Se habla incluso de una joven generación poco comprometida con un proyecto social que sigue siendo un sueño realizable, aunque extremadamente cruento, ya se sabe.
Pero con frecuencia se olvida que los hijos se parecen más a su tiempo que a sus padres, y que son un reflejo inmediato de la época que les ha tocado vivir, con sus convulsiones y reafirmaciones, con sus coherencias y sus inconsistencias.
Ninguna generación heredará de otra el compromiso con el momento que habita, porque cada edad es portadora de sus propias interpretaciones sobre los motivos que la vinculan a cada etapa histórica.
Son entonces los antecesores quienes deben inculcar, desde la fuerza moral de su ejemplo, los valores que es preciso salvar, con la inminencia que reclama el porvenir. Son los antecesores quienes han de nutrir con su ejecutoria intachable e inspiradora la continuidad y el renuevo de su obra y de sí mismos, con la sabia y consecuente asimilación de las transformaciones que siempre demanda para su tránsito el futuro.
Y es cierto que la juventud es la etapa de la vida que más fácil y vehementemente se somete a los influjos de un mundo que, por designios inexorables, se transforma de continuo. Precisamente a quienes han visto madurar su edad, sus ideas y su acción al pie de la inmensa obra de la Revolución Cubana, corresponde garantizar la formación y alentar el compromiso de los que por un mandato biológico e histórico habrán de proseguirla.
De lo que se trata es de inculcar con el magisterio del ejemplo lo que no puede inducirse por decreto: el honroso acto de asumir conscientemente día tras día -y no sólo en las extremas coyunturas donde con más facilidad suele aflorar el heroísmo- cuanto a cada uno corresponde en el empeño de edificar un presente donde prevalezca la virtud que garantice el porvenir al que aspiramos.
Sólo entonces, -como proclamó el Che en su paradigmático ensayo, y más allá de la teoría, en su práctica ejemplar- habremos entonado el canto del hombre nuevo con la auténtica y numerosa voz de todo un pueblo.