Dom. Ago 25th, 2019

Restaurantes y cafeterías remodelados: ¿Pura apariencia?

Arreglos y reparaciones capitales de centros de este tipo no deben dejar a un lado la exigencia y el cuidado por el buen servicio y la calidad de las ofertas

Café Bohemio, ubicado en Malecón y calle D Café Bohemio, ubicado en Malecón y calle D. Fotos: Annaly Sánchez

Alina M. Lotti

 

«Por 50 CUC, yo aso una pierna de cerdo, hago arroz congrí, una vianda frita, ensalada, un líquido y además, puedes venir a mi casa con seis personas». La amiga me dice siempre lo mismo cuando el tema de la conversación es la gastronomía que brinda el Estado, por diferenciarla de alguna manera de otra que, en los últimos años, ha aflorado en el sector cuentapropista, y que no siempre se hace acompañar del sello de calidad.

Me río cada vez que ella me hace la propuesta, y en más de una ocasión le he dado la razón, pues en visitas a varias instalaciones que funcionan en el sector no estatal de la economía —recordemos que toda regla tiene su excepción— me he marchado con algún tipo de insatisfacción.

Me ha ocurrido que la comida —por cierto, muy bien adornada— llega a la mesa fría, en ocasiones en cantidad insuficiente, no muy bien elaborada y, además, en la cuenta de pago en algunos lugares se incluye el 10% del total, cuando en realidad la prestación no merece propina alguna.

Por supuesto, en este saco no cabe todo el mundo. Hoy existen en la capital restaurantes muy atractivos, donde el buen gusto en la decoración y en otros aspectos se combinan muy bien con la calidad de lo que uno puede allí degustar. Es decir, uno no se siente timado. Apariencia y realidad son una sola.

Vayamos por partes

Al igual que en los deportes, en el tema gastronómico y de los servicios todo el mundo tiene comentarios. Los hay de lugares excelentes, donde el visitante quiere regresar por segunda vez, y también de aquellos que no merece la pena ni una, ni dos, y mucho menos tres veces.

El asunto tiene varias aristas. Vayamos por partes. Ya hemos dicho algo del sector cuentapropista, donde uno puede encontrar sorpresas de todo tipo, pero detengámonos en los lugares estatales, donde se ofertan diferentes tipos de comidas.

Una queja recurrente llegada a mí por diferentes vías está relacionada con la pizzería El Recreo, ubicada en las calles 41 y 44, municipio de Playa.

Yadira acostumbra a ir por lo menos un día a la semana para «dejar a un lado la esclavitud diaria de cocinar» y «porque me queda cerca de casa», pero no entiende cómo su esposo puede comer allí más de dos platos sin la más mínima calidad. La harina es una masa pegajosa que se te pega en el cielo de la boca, el queso no tiene sabor y el puré es rosado. Otra cosa que le llama la atención es que la pizzería no tiene olor a pizzas acabaditas de salir del horno. Ella critica el lugar una y otra vez, pero al final se deja caer en las trampas de la comodidad.

«Es verdad que los precios son módicos —me cuenta—, pero esto no tiene por qué estar divorciado de lo que verdaderamente debe ser una pizza, una lasaña o unos espaguetis».

Otra opinión que resulta común está relacionada con lo que se oferta en el emblemático restaurante El Cochinito, recientemente reparado. Belkis me dijo: «Fuimos ocho personas, y la comida, además de llegar fría a la mesa, venía por partes. ¡Así que imagínate, mientras unos teníamos el plato delante, otros estaban esperando! Una situación incómoda.

«¿En cuanto al servicio? No fue totalmente deficiente, pero sin dudas, no tuvimos la suerte de ser atendidos de una manera profesional».

¿Malta con leche condensada?

En busca de algunos testimonios sobre el asunto, Idalina se mostró dispuesta a narrar el suyo. Luego de darme una explicación abarcadora acerca del resultado final de la remodelación de que ha sido objeto el antiguo Dimar —ahora Café Bohemio— ubicado en Malecón y calle D, en el Vedado, «toda una belleza», contó la odisea de la malta con leche.

«El vaso era estrecho y largo y me sorprendí cuando vi lo que la muchacha me sirvió de leche condensada: apenas un dedo. Allí la malta sola (marca Bucanero) costaba 75 centavos de CUC; entonces me cobraron 1.25 por esa mínima cantidad de leche, cuando una lata cuesta 1.20 en cualquier mercado.

«Yo estaba con mi pareja y no quería crear problemas; me quedé callada y tragué en seco, como se dice, para no retirar el servicio, lo cual no acostumbro a hacer, pero iba con él y me dio pena armar el lío. Realmente me sentí burlada. A este lugar no voy más, a no ser a comprar refresco, malta o cerveza, o algo que venga embotellado».

Remodelar espacios, cambiar mentalidades

En los últimos tiempos —y no solo en La Habana, por lo que he podido observar en reportajes periodísticos televisados—, la reparación y remodelación de lugares que brindan algún tipo de servicio a la población (como, por ejemplo, restaurantes, cafeterías y otros) viene realizándose con mayor frecuencia y calidad, pues a estos menesteres también se han sumado las cooperativas no agropecuarias del sector de la construcción.

He sido testigo de cambios muy favorables y de trabajos muy bien hechos, donde el diseño está a la altura de los requerimientos contemporáneos. Sin embargo, estos centros, una vez abiertos al público, en ocasiones no responden en igual sentido por la calidad de las ofertas que brindan.

Es muy seguro que el personal siga siendo el mismo de antes de la reparación, sin embargo, resulta necesario «apurar el paso» en cuanto a las exigencias, cambiar mentalidades y exigir a los trabajadores —al margen del trato afable, lo cual se supone— que los clientes deben marcharse satisfechos, no solo porque el sitio esté arreglado, limpio, bonito y con un televisor en la pared, sino porque lo que allí se comercialice tenga la calidad y cantidad adecuadas.

Demostrado está que no es cuestión de recursos, pues el mal trato al cual he hecho alusión en estas líneas no tiene que ver ni con condiciones de trabajo, ni con espacios feos y abandonados. Todo lo contrario. Se trata de la actuación de seres humanos, que puede —y debe— ser perfectamente modificada en aras de lo explicado anteriormente.

En el sector del comercio y la gastronomía todo apunta a que, de manera paulatina, irá pasando al sector cuentapropista. Es cierto que el Estado no tiene por qué ocuparse de estas pequeñas empresas de servicios. No obstante, quienes hoy dirigen centros estatales de este tipo deben velar por la integralidad del servicio.

Así que no desecharé la propuesta de mi amiga (que cocina muy bien) y la tendré en cuenta para la próxima celebración familiar. Es probable que todos quedemos satisfechos, y puede que hasta me ofrezca otro menú para valorar. Ya les contaré.

Tomado de Cubasí