El Che, Ministro de Industrias
El 23 de febrero de 1961 un decreto presidencial nombraba Ministro de Industrias a Ernesto Guevara de La Serna

Rosa Pérez López
Cuando el 23 de febrero de 1961 un decreto presidencial nombraba Ministro de Industrias a Ernesto Guevara de La Serna, no hicieron falta demasiados argumentos para justificar la validez de aquel nombramiento. Quizás porque las razones estaban implícitas en los días azarosos de la expedición hacia Las Coloradas, en los veinticuatro meses de guerrilla, en la apoteosis del triunfo, en las primeras y urgentes tareas de la edificación revolucionaria.
No era necesaria otra explicación que la leyenda cotidiana de aquel argentino devenido cubano por nacimiento, porque le nació a esta tierra desde el mismísimo vientre de sus mejores glorias.
A nadie asombró que la patria confiara sus incipientes sueños de desarrollo industrial a aquel soñador que desde el asma incorregible al trashumar profético, revelara tanta vocación de domesticador de amaneceres imposibles.
Y fue entonces el ministro de jornadas infinitas, que amasó voluntariosamente el destino del níquel y el cobalto; el hombre público que desde el símbolo tangible de su traje de campaña sudoroso de faenas ejemplares, transformó su despacho en un taller donde se troquelaba la esperanza, en un crisol donde se fraguaba el porvenir de cara a todos los presagios.
Y fue librando la contienda inusitada de su magistratura en el calor asfixiante de las fundiciones, entre el ruido ensordecedor de las hilanderías, bajo el hollín de las chimeneas y el laberinto de los cañaverales. Y fue venciendo las escaramuzas de las adversidades, anticipándose al futuro en todas sus vigilias. Como esos fundadores que aventajan a su tiempo, con la certeza de que el tiempo alguna vez le seguirá los pasos.
Por eso no hicieron falta otros argumentos que su nombre –su nombre historia, su nombre ejemplo- para justificar el trámite legal de aquel nombramiento. Y cuando decidió ejercer el ministerio de su acción en otras tierras del mundo que reclamaban el concurso de su esfuerzo, habían quedado anudados esos lazos de otra especie que no podrían romperse nunca más.
Por eso todavía anda entre nosotros Ernesto Che Guevara –necesario e imperioso- trashumando su voluntad de domesticador de amaneceres imposibles y esperando que nuestro tiempo le siga siempre los pasos en pos de nuevas victorias.