Poemas innombrables

Los vi reposando sobre una mesa del parque El Quijote. Dormían entre la gente, a la vista de todos. Muchas miradas iban y venían, las más sagaces se topaban con esa compilación: Poemas sin nombre
Por Ana Margarita Sánchez Soler asanchez@enet.cu
¿Quién sabe cuán lejos pueden llegar versos lanzados sin nombre? Para algunos serán bastardos esos poemas sin padre, sin madre, sin apellido. Otros verán tanta gloria entre líneas que no extrañarán título alguno. Y habrá quien, al instante, sepa enlazar poemas nunca nombrados a la dueña de creaciones sublimes. Siempre hay quien reconoce en ellos el genio creativo de la Loynaz.
Los vi reposando sobre una mesa del parque popularmente conocido como El Quijote. Dormían entre la gente, a la vista de todos, a la sombra del Quijano y en una esquina del Vedado tan habanero. Muchas miradas iban y venían, las más sagaces se topaban con esa compilación de obras maestras: Poemas sin nombre, todos de Dulce María Loynaz.
Lo adquirí casi como reflejo incondicionado, sin preguntarme apenas por su posible existencia entre mis cajas de libros. Es el efecto de la poesía gigante, las estrofas bien plantadas como molinos inmensos que nos retan en un duelo extremo y placentero.
Ediciones Loynaz publicó esta selección por primera vez en 2000 y 12 años más tarde volvió a ver la luz con prólogo de César López, Premio Nacional de Literatura (1999). Aún es posible hallar ese volumen por nuestras calles, sobre los anaqueles que tientan a los lectores.
Lo primero que asoma es la ilustración de portada, en ella el rostro de la excelsa poetiza. Sus ojos ofrecen expresiones difícilmente descifrables, se conjugan temperamento, entelequia o desazón. Quizás hablan del amor “apasionado y febril” tampoco nombrado en su poema XXII.
Muchos son los hombres y mujeres de letras que no pudieron callar ante el temple de Dulce María. Poemas sin nombre reserva en su cubierta impresiones de Gabriela Mistral, Concha Espina y Virgilio López Lemus. Todos aplauden la elección del poemario porque lo innombrable es ahora la razón de leer, la sal de la vida, el trofeo tras la batalla.