Estados Unidos, Martí y los jóvenes de estos tiempos

Estados Unidos hoy tiene propósitos de revertir la autodeterminación de los pueblos de este continente y hace de la juventud cubana un objetivo estratégico de su política hacia Cuba
Rosa Pérez López
Todo cubano debiera leer e interiorizar en su letra y en su espíritu el magistral ensayo Nuestra América, escrito por José Martí en 1891. Cuantos equívocos y deslumbramientos se sacudirían algunos a la luz de esas consideraciones y premoniciones martianas, que cobran tanta actualidad cuando Estados Unidos hoy promueve los propósitos de revertir la autodeterminación de los pueblos de este continente, y hace de la juventud cubana un objetivo estratégico de su política hacia Cuba. O dicho de otro modo, su pretendida carta de triunfo en el interés de socavar el proceso revolucionario. Nada nuevo, por supuesto, pero nunca antes reconocido de manera tan explícita.
Sin duda alguna crear es la palabra de pase de toda joven generación, y esa obra creadora debe sustentar el bienestar y el progreso de la Patria, que tiene en los jóvenes su reserva mejor y su impulso más pujante. Pero no será realmente edificante ese cometido generacional, si su creación no se fundamenta en el estudio de los factores reales del país, en el apego a su historia y al legado imperecedero de quienes la han escrito con su sudor y con su sangre.
Si a lo que nace ha de ir la juventud, ella debe asistir inevitablemente el parto de todo lo nuevo, sin apartar los ojos del pasado que dicta sus lecciones; con el alma puesta en un futuro que necesariamente tendrá que ser mejor, y asumiendo el compromiso con un presente a salvo de los desaciertos del ayer, como suprema garantía de los logros del mañana.
Pero al parecer el vecino formidable desdeña –por todavía desconocerlo- el magnífico potencial existente en una juventud como la nuestra, que tanto ha contribuido y contribuye a la prosperidad y sostenibilidad de un proyecto social que hace más de medio siglo marcó la diferencia en este continente y se convirtió en inspiración para toda nuestra América.
Una juventud que no se mueve como las hojas de un árbol al primer soplo de viento que le acaricie los sueños y le estimule la ambición, porque los sueños no dependen de los cantos de sirena, sino se conquistan con heroísmo y sacrificio; y ninguna ambición dignifica a un bien nacido de esta tierra, si no va en ella el provecho de toda la nación.
Los jóvenes de Cuba no serán esa fruta madura apetecida por el naciente imperio. Abiertos a todo beneficioso intercambio cultural, académico y científico con instituciones norteamericanas que beneficie a nuestros dos países, también en cuadro apretado han de marchar para que ninguna bota de siete leguas les mancille el patriotismo, la dignidad y la virtud.