GRACIAS, FIDEL

DÉCIMAS DE FRANCISCO RIVERÓN HERNÁNDEZ*

 

Alguien le puso: Fidel,

Cuba se lo dio a la vida,

y se le abrió en una herida

que va sangrando con él.

Una agua como de miel

en la sonrisa mojada,

una sangre desvelada

de bravo en el pecho bravo

y un no querer ser esclavo

creciéndole en la mirada.

 

Lo meció buena mujer

en cuna de seda buena,

pero le duele la pena

del bohío y del taller.

Estudiante, su deber

le conoce de temprano;

y por el decir martiano

echa su vida sin calma

con una red en el alma

y luz de libro en la mano.

 

Por eso le oyen gritar

los caminos y las calles,

por el hambre de los valles,

por la angustia del solar.

Por donde marcha su andar

el valor dice: ¡Presente!

en la anchura de su frente

hermana del resplandor,

la patria tiene sabor

a limpia y a combatiente.

 

Cuando regresó el pasado

por un camino de penas

y hacia un clima de cadenas

el tiempo fue desandado,

su afán por lo liberado

le hace la sangre febril;

y en una explosión civil

que alumbra la madrugada,

se para frente al Moncada

sin canana y con fusil.

 

Y peleador necesario

leal en cada episodio,

se le ve mirar sin odio

inútil al adversario.

Sabor universitario

le enseña a mirar así,

alma de nuevo mambí,

trae en la mano la rosa

y la guerra generosa

que dictó José Martí.

 

Yo, que le quiero este asombro

de verlo pelear su guerra,

lo siento andar por la Sierra

llevando a Cuba en el hombro.

El aire donde lo nombro

se vuelve de su calibre;

acá y allá, donde vibre

su sabor a rebeldía,

Cuba —labio en agonía—

usa una sonrisa libre.

 

Su gesto salva el honor

de este tiempo avergonzado,

ya es como un dolor lavado

nuestro presente dolor.

La anchura de su valor

tiene la de su papel;

y van creciendo con él

y por lo que el alma lleva,

un ansia de Cuba Nueva

y un… ¡Muchas gracias, Fidel!

 

3 de diciembre de 1956

 

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