De París un Caballero

De París un Caballero
El Caballero de París

Hay hombres que nacen para andar errantes porque solo la vida bohemia les permite mostrar su grandeza

 

Por Ana Margarita Sanchez Soler  asanchez@enet.cu

Hay hombres que nacen para andar errantes porque solo la vida bohemia les permite mostrar su grandeza. Únicamente la existencia de andador sin rumbo revela ante el universo las maravillas de una personalidad. Algunos llegan a esta vida con el pretexto, tal vez insospechado, de perder la razón y en ocasiones la demencia consigue extraer de su presa la genialidad.

Muy pocos conocen a José María López Lledín, nombre oficial del tan venerable Caballero de París. Precisamente porque la falta de juicio puede ser un punto de partida, es que este español, gallego por más señas, se hizo popular en las calles habaneras.

Sus tiempos de cordura se recuerdan poco, pero la imaginación que le acompañaba durante largas caminatas ha sido narrada por muchos testigos.

El último mes del año guarda entre sus acontecimientos el día en que naciera este legendario caminante. José María parece el personaje de cualquier novela. Tengo la impresión de haberle visto abandonar las páginas de un extenso y pesado libro. Un caballero de piernas inquietas que no nació en la Mancha española; sino en Lugo, pero que puso sus maletas para siempre en La Habana.

Vestía de negro como quien desea preservar la elegancia de un atuendo desgastado. O quizás la oscuridad que desplegaban sus ropajes era símbolo de tristeza: dicen que le obligaron a pagar un crimen que no cometió y que negó hasta sus últimos días. Hay quien asegura que fue ese el motivo para que su razón surcara el éter en un vuelo sin retorno.

Algunos le creyeron loco mientras deambulaba por la calle Prado, otros veían en él a un sabio. De cualquier manera hoy es un ícono de nuestra ciudad que ha despertado la creatividad de cierto artista: José Villa Soberón, uno de nuestros más prestigiosos escultores, esculpió en su honor la estatua que se encuentra a la entrada de la Basílica Menor del Convento San Francisco de Asís.

Los pasos del Caballero escapan a sus pies, abandonan la escultura y van tras gente a la cual obsequiar una fábula o un objeto sencillo. Así lo hacía cuando aún era de materia mortal. Ahora desde el metal recibe gustoso los abrazos de todo el que se aproxima. Sobre él se ciernen los destellos blancos de muchos curiosos que desean llevar en su cámara el recuerdo de un hombre mítico.

Para ser de París, solo hay que soñarlo, esa fue su verdad. José María López Lledín supo ganar el título de Caballero. Ningún Rey lo nombró con los toques de una espada; el apego popular a una cautivadora leyenda le otorgaron ese derecho. Fue parisino, ¿quién podría dudarlo?, ¿quién se atrevería a despojarlo de su mayor certidumbre?

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