“A pesar de todo, continúo creyendo en la bondad íntima del hombre”

Cuando el mundo se debate entre conflictos de todo tipo asociados a las ambiciones de poder, testimonios como los escritos por Ana Frank siguen teniendo una vigencia extraordinaria
Por Carlos Heredia Reyes
Hace poco, mientras viajaba en un ómnibus de la ruta 195 (Guanabacoa-Vedado), en La Habana, me alegró escuchar a un niño de sexto grado, contarle a su mamá, que ese día la maestra le había pedido a todo el grupo realizar un trabajo investigativo sobre Ana Frank, aquella adolescente, que como millones de personas, murió asesinada en un campo de concentración nazi.
Lástima que quienes en el mundo no se contentan con la paz y el respeto a la soberanía y autodeterminación de los pueblos, y sí alimentan el terrorismo, las agresiones, el saqueo de las riquezas de un país y cuantas formas de discriminación existen, apenas sepan, y mucho menos tengan conciencia, de historias tan conmovedoras y llenas de lecciones para la humanidad, como las vividas por esa niña en la Holanda ocupada por el nazismo.
Anne Marie Frank (Frankfurt, 1929 – campo de concentración de Bergen-Belsen, Alemania, 1945) en un famoso diario dejó testimonio de los dos años que vivió oculta con su familia para escapar al exterminio nazi.
Traducido a todas las lenguas y llevado también al teatro y al cine, el Diario de Ana Frank se ha convertido en el paradigma testimonial, más impresionante incluso que otros documentos detallados, de la opresión sufrida en muchos países bajo el nazismo y de las condiciones en que millones de personas se vieron obligadas a vivir con la esperanza de escapar al genocidio.
Hija de una familia germana de origen judío, se trasladó con los suyos a los Países Bajos con la llegada de Hitler al poder en 1933. Durante la Segunda Guerra Mundial, después de la invasión alemana a Holanda en 1940 y de padecer las primeras consecuencias de las leyes antisemitas, Ana y su familia consiguieron escondrijo en unas habitaciones traseras, abandonadas y aisladas, de un edificio de oficinas de Ámsterdam, donde permanecieron ocultos desde 1942 hasta 1944, cuando fueron descubiertos por la Gestapo.
Entonces fueron deportados a campos de concentración, y de los ocho escondidos, solo el padre, Otto Frank, sobrevive a la guerra. Después de su muerte, Ana se hace mundialmente famosa gracias al diario que escribió.
En su testimonio, ella imagina que escribe a Kitty, una amiga hipotética, para contarle las peripecias de su vida en ese escondrijo, en el que vivían ella, sus padres, su hermana mayor Margot, la familia Van Daan (la madre, el padre y su hijo Peter) y el dentista Dussel, con la vana esperanza de escapar a la captura de los nazis.
Alejada de sus coetáneos y de los intereses que sonreían a su juventud, pero también, aunque a la fuerza, de la barbarie del momento, la autora-protagonista mira y juzga las cosas con un candor que subyuga.
En las páginas del Diario…, a menudo alegres y divertidas, asistimos al desarrollo intelectual y físico de una muchacha, a la variedad de sus problemas, de sus estudios y diversiones a pesar de su reclusión, a sus relaciones y a sus juicios sobre sus familiares y compañeros de aislamiento y sobre los hombres en general.
Y la vida de una reducida colectividad, obligada a compartir la buhardilla en condiciones tan dramáticas, se ilumina con episodios singulares, en los que los hechos triviales de la vida diaria adquieren una importancia particular, y donde una niña con mirada clara y terriblemente objetiva se juzga a sí misma y a los adultos, analizándolo todo con gran libertad.
Ana Frank habla de sus aspiraciones a corazón abierto, y también de los peligros, pero con gran conocimiento y sin perder la esperanza.
“A pesar de todo, continúo creyendo en la bondad íntima del hombre”, afirma en el Diario…; estas palabras constituyen la moral de ese libro que, nacido como de una necesidad personal, tiene la honestidad genuina e inmediata de un desahogo espontáneo nunca dirigido a la publicación.
Cuando el mundo se debate entre conflictos militares, crisis económicas, sociales, políticas y medioambientales, epidemias y otros tantos desequilibrios asociados a las ambiciones de poder, la violencia y el egoísmo, testimonios como este siguen teniendo una vigencia extraordinaria.