A los juegos infantiles, toda la importancia que merecen

Estos deben formar parte del niño desde su nacimiento, ya que a través de ellos logrará desarrollar sus capacidades
Escrito por Carlos Heredia Reyes
Además de placenteros, los juegos son necesarios para el desarrollo cognitivo (intelectual) y afectivo (emocional) de los niños y niñas. Por ser una actividad espontánea y libre, favorece su creatividad y fomenta su maduración.
Sin embargo, a veces, consideramos que “jugar por jugar” es una pérdida de tiempo y que sería más rentable aprovechar todas las ocasiones para aprender algo útil. Obviamos que por medio de la actividad lúdica los infantes empiezan a comprender cómo funcionan las cosas, lo que puede o no hacerse con ellas, descubren que existen reglas de causalidad, de probabilidad y de conducta que deben aceptarse si quieren que los demás jueguen con ellos.
Los especialistas afirman que si se desea conocer a los niños -su mundo consciente e inconsciente- es necesario comprender sus juegos; observando estos descubrimos sus adquisiciones evolutivas, sus inquietudes, sus miedos, aquellas necesidades y deseos que no pueden expresar con palabras y que encuentran salida a través del juego.
En ocasiones, determinadas dificultades, que quizá parecen insuperables para el niño, pueden hacerse frente por esa vía, siempre que se aborden a su modo y planteando de uno en uno los aspectos del problema.
El juego es necesario para el desarrollo intelectual, emocional y social, pues permite tres funciones básicas de la maduración psíquica: la asimilación, comprensión y adaptación de la realidad externa; exige ofrecer al niño el tiempo y los medios favorables para que lo pueda realizar a su manera, y favorece la comunicación social.
Algunos expertos lo ven como una preparación para la vida adulta; y como conducta exploratoria impulsa la creación de campos de acción y la creatividad; tiene un sentido para el niño pues cuando se le interrumpe cualquier juego se le priva del desenlace de un argumento creado por él mismo con una finalidad, que no siempre alcanzamos a comprender.
En la niñez es el lenguaje principal de los más pequeños de casa; estos se comunican con el mundo a través del juego. Este siempre tiene sentido, según sus experiencias y necesidades particulares, muestra la ruta a la vida interior de los niños; ellos expresan sus deseos, fantasías, temores y conflictos simbólicamente a través del juego, refleja la percepción de sí mismos, de otras personas y del mundo que les rodea; lidian con su pasado y su presente, se preparan para el futuro, y estimula todos los sentidos.
También enriquece la creatividad y la imaginación, ayuda a utilizar energía física y mental de maneras productivas y/o entretenidas, a recordar las lecciones aprendidas cuando se están divirtiendo, facilita el desarrollo de habilidades físicas, de contar cuentos y chistes, destrezas sociales como las de cooperar, negociar, competir, seguir reglas, esperar turnos, y la inteligencia racional de comparar, categorizar, contar, memorizar y emocional en cuanto a auto-estima, compartir sentimientos con otros.
A tono con ello se afirma que los juegos tradicionales son una fuente de transmisión de conocimiento, tradiciones y culturas de otras épocas. El hecho de reactivarlos no es un grito de melancolía por un pasado que no vuelve, sino que implica ahondar en las raíces y así comprender mejor el presente.
Desafortunadamente en Cuba han ido desapareciendo. Estos históricamente eran el mayor pasatiempo de niños y niñas de campos y ciudades, y muchos creen que la época tecnológica y de “nativos digitales”, es la responsables de estas pérdidas.
Según un trabajo de la colega Vladia Rubio, publicado en el portal digital de CubaSí, el antropólogo Rodrigo Espina es de los estudiosos que más ha abundado en este tópico. Mucho de indagación lo respalda al asegurar sobre los juegos infantiles tradicionales en particular, que “estos han desaparecido casi en su totalidad de la actividad lúdica y del conocimiento infantiles y de las cohortes de jóvenes y adultos que les preceden en la Cuba actual”.
Fue una afirmación hecha en junio de 2013, durante su intervención en el I Simposio Nacional de Investigación Cultural, organizado por el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello. De entonces a la fecha, no parece haber cambiado para bien el panorama.
Cuando José Martí escribía en 1889 para La Edad de Oro: “…los niños de ahora juegan lo mismo que los niños de antes…”, no podía imaginar el empuje arrollador que imprimiría la tecnología a toda la vida en el planeta, y muy particularmente la digital.
Casi nadie duda que estos artículos digitales hoy son de la preferencia de las jóvenes generaciones. ¿Pero acaso están al alcance de la mayoría de las familias cubanas?
También ocurre que en ocasiones hasta para comprar un guante, un bate y una pelota que valgan la pena, la familia tiene que desembolsar una insensata cantidad, que la mayoría decide reservar para otras prioridades de la alimentación, el aseo o el calzado del niño.
La Máster en Ciencias de la Educación Matilde Domínguez asegura que los muchachos de hoy tienden a socializar menos y de una manera muy diferente a como lo hacían antes en las escuelas. “Conversan menos y los temas son cada vez más escasos”, describe la educadora.
Enunció además que una de las causas puede ser “la falta de interacción en sus juegos ya que los pasatiempos modernos los llevan a ser más individualistas y a compartir menos”.
“Es triste ver cómo las tradiciones se pierden, no solo por el nivel de entretenimientos que brindan, sino, por los beneficios físicos y mentales que aportan”, concluye la entrevistada.
No pocos psicólogos, sociólogos y pedagogos insisten en la preservación de los juegos tradicionales en los recesos, en el rescate de las costumbres, que de antaño se celebraban de forma cotidiana y popular en cada centro escolar de Cuba.
Tales acciones constituyen elementos o sellos identitarios locales de cada barrio, comunidad, pueblo o ciudad. Además de que nos distinguen culturalmente, devienen una necesidad sentida de tipo social, espiritual y comunitaria, en especial, para beneficio de ese tesoro mayor: nuestros niños.