Por una arquitectura cubana más bioclimática

La arquitectura bioclimática trata de optimizar la relación hombre-clima mediante la forma arquitectónica.

Pese la necesidad real de ahorro de recursos y de transitar hacia formas de desarrollo más sustentables, no hay todavía una conciencia generalizada acerca del impacto del diseño arquitectónico

 

Autor: Carlos Heredia Reyes

Aunque en teoría toda arquitectura debería ser bioclimática y por tanto, optimizar esa relación entre el ser humano y las condiciones ambientales del contexto en que se inserta, esto no siempre ocurre en la práctica, por lo cual se generan consumos adicionales de energía para el acondicionamiento del ambiente térmico interior por medios artificiales, cuando el diseño arquitectónico no es capaz de garantizarlo por medios pasivos.

En un artículo titulado Arquitectura y clima. Contradicciones en Cuba, la Doctora en Ciencias, arquitecta y profesora del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría (Ispjae), Dania González Couret, recuerda que “Cuba ha sido pionera en Latinoamérica en cuanto a la investigación, la formación académica y la actividad normativa en relación con el diseño bioclimático”.

Prueba de ello son los primeros estudios de Joaquín Rayo en los años 60; las investigaciones realizadas durante los años 70 y 80 en la Facultad de Arquitectura de La Habana, el Grupo de Física Ambiental del Ministerio de la Construcción y el Instituto de Higiene y Epidemiología, y la inclusión de estos temas en la formación de arquitectos desde los años 70.

La original arquitectura cubana, sin contaminación con influencias foráneas, fue desarrollada por los aborígenes que habitaban la isla antes del período colonial.

Era ejecutada a partir de maderas y fibras naturales disponibles localmente, y su forma respondía a las condiciones del medio y el clima. Las cubiertas inclinadas garantizaban una rápida evacuación de las abundantes lluvias; los materiales orgánicos en cubiertas y paredes eran poco absorbentes de la radiación solar y de baja transferencia térmica, por lo que dejaban pasar poco calor hacia el espacio interior, y las paredes resultaban permeables al paso del aire, favoreciendo la ventilación natural cruzada como mecanismo esencial para el balance térmico humano en climas cálido-húmedos como el de Cuba.

No obstante, la arquitectura colonial cubana, que en sus inicios fue muy masiva y poco permeable, evolucionó para adecuarse mejor a las condiciones del clima, mediante el aumento de los puntales y los vanos, y la aparición de portales, galerías y balcones, así como persianas y vitrales, todo ello para maximizar la sombra y protección de lluvias, a la vez que tamizaba la luz y favorecía la ventilación.

Así, surgieron las casas y palacios que cercaban las plazas, exhibían amplios portales sostenidos por columnas que protegían al caminante del sol y de las fuertes lluvias del trópico, y que le han valido a La Habana el sobrenombre de «ciudad de las columnas», dado por el escritor cubano Alejo Carpentier.

Concebidas para mitigar las calurosas temperaturas que durante la mayor parte del año caracterizan el clima cubano, de acuerdo con el destacado profesor Pedro Martínez Inclán (1883-1957), la ventilación de estas construcciones se logró mediante una combinación de elementos que este denominó las cuatro P: patio, portal, puntal y persianas. Por modesta que fuera la casa, no podía prescindir del patio, verdadero corazón de la vida familiar. Era el medio principal de iluminación y ventilación de la vivienda, amén del área de circulación entre el frente y el fondo.

“La vivienda directamente vinculada a la costa se levantaba sobre pilotes para asimilar los cambios de las mareas y evitar la humedad por capilaridad; las cubiertas, aunque ligeras e inclinadas, no se ejecutaban con guano de palma, sino con otros materiales, como la teja alfarera o las planchas de acero galvanizado (siempre sobre soportería de madera y con altos puntales), y la vivienda se rodeaba de un portal o galería perimetral que garantizaba la protección solar y permitía disfrutar de la brisa marina”, señala González Couret, en un trabajo titulado La arquitectura bioclimática en Cuba.

Sin embargo, en una entrevista realizada al hoy desaparecido físicamente arquitecto Mario Coyula, cuando hace unos años era el Director de Arquitectura y Urbanismo de la Ciudad de la Habana, sobre cuál sería la zona más afectada desde el punto de vista arquitectónico ante los embates del tiempo y de la naturaleza, respondió lo siguiente:

Sobre todo la parte más pegada al mar, la costa del Vedado y de Centro Habana, que aunque no haya inundaciones, el efecto corrosivo de la sal encima lo afectan. También ha subido el nivel de mar, y hay partes que serán inundadas. Podrían buscarse soluciones parciales de construir barreras en el mar para que el agua no entre, pero son carísimas. El tema de los vientos y de las lluvias fuertes afecta sobre todo hoy las casas precarias, hechas con materiales de pésima calidad, como lata, cartón, de las que hoy existen muchas en todo el país.

De acuerdo con la investigadora, el esquema de diseño bioclimático recomendable para Cuba se corresponde con el edificio aislado protegido del sol y permeable a la ventilación, lo cual es posible en zonas rurales y suburbanas, o en las urbanizaciones abiertas al estilo del movimiento moderno.

Desde inicios de los años 80 se trabajó en la elaboración de normas para regular el control solar, la iluminación, el comportamiento térmico de los materiales de construcción, las variables climáticas y otras, algunas de las cuales fueron aprobadas. Sin embargo, aquellos documentos regulatorios iban fundamentalmente dirigidos a establecer métodos de cálculo y tal vez fue esa la razón que motivó que estos no fueran realmente aplicados en los proyectos.

Es sabido que no son precisamente los arquitectos los que deciden en última instancia la solución de diseño, sino los inversionistas u otros decisores que generalmente parten de ideas preconcebidas sobre el proyecto deseado a partir de sus propios paradigmas, que generalmente están condicionados por imágenes provenientes de la arquitectura de los países desarrollados, cuyos climas de manera general son fríos y por tanto, totalmente diferentes al de Cuba.

No obstante de que existe una necesidad real de ahorro de recursos y una voluntad para transitar hacia formas de desarrollo más sustentables que incluyen el uso eficiente de la energía, no hay todavía una conciencia generalizada acerca del impacto del diseño arquitectónico en el logro de estos objetivos, o al menos no de la forma en que este aspecto debe ser abordado, opina la especialista.
En la vivienda rural se sustituyen los modelos y materiales tradicionales (naturales y locales) por cubiertas delgadas y horizontales de hormigón armado, como solución más duradera y de mayor calidad, sin tener en cuenta su deficiente comportamiento térmico y dificultad para la evacuación pluvial.
Por otra parte, el turismo se desarrolla fundamentalmente a partir de alojamientos hoteleros climatizados (excepto el vestíbulo en algunos casos), donde el consumo de energía en la climatización se eleva más allá de lo aconsejable, por la ausencia de un adecuado diseño bioclimático, que se manifiesta en la falta de protección solar de los cierres exteriores y exceso de vanos vidriados expuestos al sol.

Cuba posee una tradición arquitectónica de calidad que ha logrado mantener y reinterpretar principios esenciales del diseño bioclimático en diferentes momentos históricos, pero que se han perdido en la arquitectura contemporánea, no obstante el continuado trabajo de investigación y formación académica desplegado en este campo, como consecuencia de la importación de modelos foráneos.

“Cambiar esta situación requiere de un intenso trabajo de divulgación de los conocimientos esenciales y los valores propios, no solo en la formación profesional de pre y posgrado, sino hacia toda la sociedad, especialmente en aquellos que actúan como inversionistas y decisores. Se trata ahora no solo del rescate de las tradiciones culturales propias, sino de un principio esencial de adaptación al cambio climático”, concluye la doctora e investigadora Dania González Couret.

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