La mítica Habana de los ’50 (+Fotos)

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San Lázaro e Infanta.

La mirada nostálgica que de un tiempo a esta parte echan sobre su desconocida Habana quienes entonces aún no habían nacido o no tenían edad suficiente para sumergirse en el engañoso glamour de una ciudad

 

Autor: Rosa Pérez López

Se dice con razón que la más patética nostalgia es la que se siente por lo que nunca se vivió o no se conoció, por tratarse de una añoranza que suele basarse en referencias en lugar de vivencias, sometidas por demás a un tendencioso tamiz que decanta solamente lo que, por sofisticado, pudo haber sido deslumbrante.

Esa es precisamente la mirada nostálgica que de un tiempo a esta parte echan sobre su desconocida Habana de los años cincuenta, quienes entonces aún no habían nacido o no tenían edad suficiente para sumergirse en el engañoso glamour de una ciudad condenada a convertirse en emporio de los más alucinantes placeres.

Ha sido esa leyenda viviente de la música cubana que es Marta Valdés, quien en su condición de profunda y eficaz columnista de la página web Cubadebate, la ha definido con absoluto conocimiento de causa de este modo: “La Habana de noche, como forma de recreación, pertenecía a quienes disponían de abundantes fondos económicos, y no a la mayoría de la gente joven con ganas de disfrutar la música en vivo y el trago justo en buena compañía.”

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Calle 19

Más claro ni el agua. En gran medida muchas de esas trasnochadas evocaciones que ahora sobredimensiona la nostalgia de quienes le llegaron tarde a esa fábrica de fantasías que era nuestra capital en la medianía del pasado siglo, no pasan de ser añoranzas por algo que se conoció… pero no pudo disfrutarse a plenitud.

Podría pensarse que ocurre algo similar en estos complejos y azarosos tiempos, cuando abundan en esta ciudad opciones recreativas que no están al alcance de todos los bolsillos, ya se trate de discotecas, cabarets, hoteles o las popularmente llamadas “paladares”.

Cabe preguntarse entonces si dentro de cincuenta años muchos jóvenes de hoy, para quienes el esparcimiento tiene precios prohibitivos, también trasladarán a sus hijos y a sus nietos la añoranza por una Habana de la cual fueron observadores, pero no participantes. O al menos no lo fueron con la frecuencia apetecida. Ojalá no sea así, por el bien de esta ciudad, de sus pobladores y de Cuba entera.

Pero en todo caso, la rememoración de La Habana actual no podrá remitirse a la existencia de ruinosas escuelitas públicas con niños carentes de materiales escolares hacinados en un aula. O a la entrega de cédulas electorales a cambio del derecho a ingresar a un hospital. O al lacerante espectáculo de una legión de menores lustrando zapatos o vendiendo periódicos y billetes en las calles, y de ancianos menesterosos abandonados a su suerte… o más bien a su desgracia.

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Universidad de La Habana

No todo era glamour, diversión y luces de neón en la mítica Habana de los años cincuenta. La misma ciudad que vio correr la sangre de Rubén Batista Rubio y José Antonio Echeverría. La misma ciudad donde fueron acorralados y asesinados a mansalva en Humbolt siete Fructuoso Rodríguez, Joe Westbrook, José Machado y Juan Pedro Carbó. La misma ciudad donde fueron masacradas las hermanas Lourdes y Cristina Giralt. La misma ciudad que amaneció con el torturado cuerpo de Gerardo Abreu “Fontán” a las puertas del otrora Palacio de Justicia.

No es común que, exceptuando a nuestros medios de comunicación, se haga referencia a esa martirizada y ensangrentada Habana de los años cincuenta: una década que en sus postrimerías vio triunfar los anhelos de dignidad nacional y justicia social por los que dieron su vida tantos jóvenes.

Por eso es preciso que la capital cubana recupere el esplendor que el tiempo, la precariedad económica y la desidia le han quitado. Es necesario que La Habana recobre en todos sus rincones su hermosa y pulcra estampa de pequeña ciudad grande, para orgullo de sus pobladores y de Cuba entera. Es impostergable que La Habana, con el esfuerzo y la consagración de todos, restablezca una elegancia y compostura que va más allá de la reconstrucción de sus edificaciones y el asfaltado de sus calles, porque depende de la disciplina ciudadana de quienes la habitamos y la amamos.

Volvería a ser entonces y por siempre una Habana que no provoque nostalgias por lo vivido o lo que nunca se vivió, sino una porción de Patria cuyo presente digno y justo sea garante de ese futuro mejor que tanto merecemos. Que así sea.

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Calle Línea
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La Aduana en los muelles.
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El Caballero de París
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Túnel de Línea

 

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