El debut de una maestra

Diciembre honra a los educadores cubanos
Escrito por Nury Torres
La maestra Eulalia parecía “de armas tomar”, pero no lo era. Era una señora de unos 40 años, con pelo negro amoldado y su ropa muy limpia. La sencillez, pulcritud y la valentía para empuñar su puntero hablaban de su carácter: profundamente humano, disciplinado y ejemplar.
Lo cuenta su discípula del grado preescolar; para quien no existía otro rato más placentero que compartir, con las cabecitas de los cinco años de vida, un aula pequeñita, con un borrador, unas tizas de colores, una pizarra y un sonido, casi en susurro: el de la maestra, enseñando hasta a leer.
Sí, porque Eulalia tenía una profunda vocación de maestra. Su debut- narraba- era como el de muchas niñas; dando instrucciones de abrir la libreta, coger correctamente el lápiz, luego de afilarle la punta; y colocar a las muñecas y los muñecotes en dirección al puntero para enseñar ciencias naturales.
El debut lo hizo antes de que en Cuba hubiera alumbrado. En una región intrincada de Boyeros. Allí lo que ella iba aprendiendo de sus adultos, lo iba enseñando a sus filas imaginarias de alumnos, y hablando sola con sus muñecas, perfeccionaba sin querer su lenguaje, y se hacía ella misma poderosa porque tenía el dominio del conocimiento para entregarlo.
Años después Eulalia, la maestra, cumplió su auto promesa infantil de hacerse educadora y con la creatividad que le da el aula y el alumnado a un buen profesor o a un profesor que tiene esa misión sembrada en la piel, inventó juegos didácticos empleando cañas bravas, recortes de tela, chapillas y zíperes o cremalleras, cáscaras de huevo, lo que fuera, por encontrar belleza en su magisterio.
De ella se aprendieron muchas cosas y no sólo las primeras letras y números, y las figuras geométricas y a tomar correctamente el lápiz. Se aprendió a pensar, se aprendió por qué la rana no tiene pelos, por qué sale el arcoiris, por qué las brujas existen solo en los cuentos, por qué es imprescindible ser buenos, y hasta por qué la jicotea no tiene cintura.
Se aprendió a callar, cuando los adultos hablan; a no escuchar detrás de las puertas; a alcanzar un vaso, una silla, una mano; se aprendió el significado del vocablo “gracias”, y un sinfín de cosas más.
Ah y se aprendió a imitarla al caminar, al entrar al aula, al colocar sus libros-iluminadísimos por las ilustraciones y los colores- a decir “buenos días seño”, muchas linduras del comportamiento que, hasta hoy no se borran.
Hoy Eulalia está haciendo su debut en cada niña que un día quiso y hoy es maestra.