Andar los claroscuros de la capital (IV parte). Rara Avis

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Recientemente, la capital fue seleccionada entre las Siete Ciudades Maravilla del mundo.

Uno de los elementos que más resaltan es el sostén de un diseño urbano que permite y potencia el libre andar de visitantes y moradores

 

La Habana conforma una localidad de las que tienen ya poca presencia en el atlas mundial. Su arquitectura y urbanismo resaltan entre muchas de las urbes, más allá de su valor o belleza, por esa condición única de ciudad perdida en el tiempo. El crecimiento por adición, no por sustitución, permitió conservar un patrimonio que de otra forma hubiese perecido con el agresivo despertar de la modernidad.

La ciudad colonial se fue desarrollando sobre la base de tres ejes urbanos: la bahía y el puerto que otorgaban su carácter productivo y conexión internacional; las fortalezas para dar una relativa protección; y las plazas y vías mediante las cuales iba estructurándose.

En el siglo XVIII España busca otorgarle el carácter de centro de la administración colonial en Cuba, por lo cual surgen obras fuera de los muros y acciones tendientes a jerarquizar ciertas zonas de la ciudad, sobre la base de funciones religiosas, políticas y militares. A finales del siglo XIX la urbe se expande, supera los límites de sus murallas y da lugar a la existencia de dos Habanas: la vieja y la moderna.

La segregación espacial se fue acentuando, en medio de complejos procesos demográficos y sociales, hasta constituir la ciudad actual con un crecimiento y desarrollo considerables, tres kilómetros de la costa hacia dentro y hacia occidente, mientras se desgrana hacia el sur la llamada “Habana profunda”.

Uno de los elementos que más resaltan es el sostén de un diseño urbano que permite y potencia el libre andar de visitantes y moradores. Como señala el ya fallecido arquitecto cubano Ricardo Porro, uno de sus principales atractivos consiste en un urbanismo de comunicación, donde se generan espacios con un ambiente familiar e íntimo.

Para Mario Coyula, arquitecto y urbanista que ha pensado profundamente la ciudad, “el trazado de calles estrechas con manzanas pequeñas y compactas, comercios de esquina, lotes también estrechos y edificios bajos; dio a La Habana una silueta, ritmo, textura, escala y carácter muy especiales. Pero pese a su gran patrimonio colonial, la mayor parte de sus edificaciones tienen menos de un siglo. Todo esto contribuye a una rica mezcla de estilos y períodos, y de imagen percibida desde la calle”.

Kevin Lynch, arquitecto y urbanista norteamericano, la distingue como ejemplo tipo de ciudad, por su capacidad de “visibilizar la historia”, que se lee recorriéndola, a pesar de desmanes constructivos y “estáticas milagrosas”.

La arquitectura del movimiento moderno va a enriquecer la ya valiosa herencia arquitectónica habanera. La misma que aún se percibe –no obstante la precariedad de gran parte de su patrimonio histórico– en la magnificencia de los edificios coloniales, en la elegancia de las construcciones art nouveau, en las estructuras art déco y en el estilo moderno de numerosos edificios construidos durante los años 40 y 50.

El viejo núcleo de 143 hectáreas dentro del recinto amurallado original, más la expansión del siglo XIX en la antigua franja de las murallas, y el sistema defensivo colonial completo, fue designado en 1982 por el Fondo de Naciones Unidas para la Educación y la Cultura (Unesco) como Patrimonio de la Humanidad. Pero lo históricamente valioso de La Habana cubre más de dos mil hectáreas, muchos estilos arquitectónicos y épocas diferentes.

Recientemente, la capital fue seleccionada entre las Siete Ciudades Maravilla del mundo. En palabras del presidente de la fundación organizadora de esta iniciativa, Bernard Weber, las escogidas entre más de mil 200 candidatas de 220 países diferentes, “representan la diversidad global de la sociedad urbana”.

Las acciones de restauración y conservación realizadas en las últimas décadas han permitido la resurrección de algunas de sus zonas. Sin embargo, hay aún mucho por hacer, no solo para no perder esos sentidos distintivos, y enfrentar los problemas de toda índole que después de casi cinco siglos muestra, sino para prepararnos, como recuerda Leal, para La Habana que vendrá.

 

Tomado de Cubadebate

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